Siempre adelante

Salir al aire es un acto de resistencia contra la razón domesticada.

Entre la banalidad ruidosa y la nostalgia de lo absoluto, vuelve don Quijote a interpelarnos. Rescatar su sepulcro es hoy una forma de resistencia moral, un gesto para salir al aire y respirar verdad.
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photo_camera La ilustración contiene dos fotografías superpuestas, de la estatua dedicada a don Quijote y Sancho en Alcalá de Henares y de una vista del Parque Güell de Barcelona. El dibujo coloreado de la derecha se ha obtenido de un original en negro de Picasso.

Nota al lector.- Este artículo dialoga libremente con El sepulcro de Don Quijote, texto que abre el ensayo Vida de don Quijote y Sancho de Miguel de Unamuno. Recomendamos vivamente la lectura directa del original para escuchar sin intermediarios esa voz ardiente, incómoda y necesaria que sigue llamándonos, hoy como ayer, a ponernos en marcha.


La tumba profanada

Unamuno imaginó a don Quijote enterrado en vida por los hidalgos de la Razón, custodiado por bachilleres, curas y barberos satisfechos. No lo mataron con lanzas, sino con explicaciones. No lo vencieron con fuerza, sino con lógica. Hoy el sepulcro sigue ocupado, aunque haya cambiado de nombre y de escenografía.

Vivimos en una sociedad que ha degradado el estilo y las formas hasta confundir sinceridad con grosería y pensamiento con consigna. La banalidad se disfraza de compromiso, el narcisismo de identidad, y el wokismo —cuando se vuelve dogma— de nueva escolástica. Todo se explica, todo se etiqueta, todo se perdona… salvo la disidencia que nace del espíritu.

Los nuevos bachilleres

El impostor contemporáneo no necesita sotana ni birrete: le basta una audiencia, un relato y una moral de saldo. Ridiculiza a quien no busca ser millonario, a quien pretende que su trabajo tenga sentido, a quien se atreve a buscar otros caminos. “¿Qué irá buscando?”, preguntan, como ya advertía Unamuno. Y al preguntar, neutralizan.

Aquí también se mata la locura verdadera. Se sospecha de quien denuncia un abuso sin pedir nada a cambio. Se caricaturiza al que no entra en la danza del éxito, del like, del programa. La Razón —cochina lógica— vuelve a usar su guardia para que el Caballero no resucite.

La llamada a la barbaridad

Rescatar el sepulcro de Don Quijote no es un ejercicio arqueológico ni literario: es una cruzada interior y social. Es atreverse a desenmascarar al mentiroso, al ladrón, al charlatán, aunque la muchedumbre aplauda. Es recordar, con Unamuno, que hay que gritar: ¡mentira!, ¡ladrón!, ¡estúpidos!, y seguir adelante.

No se trata de borrar el mal del mundo en un gesto heroico, sino de no pactar con él. La cobardía suprema es decir que nada se gana señalándolo. Basta una sola verdad dicha en voz alta para que tiemble todo el teatro. El Quijote no corrige el mundo: lo desnuda.

Mística a la intemperie

Paradójicamente, en medio del ruido, se percibe una sed nueva. Muchos empiezan a sospechar que no basta con existir, que hay que sufrir de existir. Vuelven la mística, el silencio, la espiritualidad sin etiquetas. Se busca salir del corral de las opiniones para respirar otros aires, más puros y auténticos.

“Salir al aire” es hoy un gesto subversivo: abandonar la cueva de las consignas, exponerse al frío de la intemperie, aceptar la soledad creadora. Es la fe sin programa, la pasión sin cálculo, la locura sin márquetin. Allí donde está el sepulcro, decía Unamuno, está también la cuna.

Aniversario y vigilia

Coincidir este gesto con el aniversario de la primera edición de El ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha no es casual. Cervantes abrió una herida que aún supura: la del hombre que prefiere la verdad imposible a la mentira razonable. Unamuno quiso que no la cerráramos con mármol académico.

Buscar hoy el sepulcro de don Quijote es negarse a que lo conviertan en estatua inofensiva. Es reivindicar su locura como forma superior de lucidez. Es aceptar que no hay porvenir, que el verdadero porvenir es ahora, aquí, en cada gesto que no se vende.


Siempre adelante

Y así, quizá, rescatar el sepulcro no consista en encontrar un lugar, sino en salir al aire. Dejar atrás el ambiente viciado de la banalidad y exponernos al viento de lo eterno. Salir al aire para que don Quijote respire en nosotros. Salir al aire —como revista, como gesto, como vida— y seguir adelante. Siempre adelante.

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