Opinión

Una mirada crítica a la hegemonía cultural.

Todo proyecto hegemónico implica excluir y silenciar voces que no encajan en la narrativa dominante. El poder no solo se ejerce con leyes o ejércitos, sino también en el terreno de las ideas y de la cultura.
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El filósofo Antonio Gramsci (1891-1937) desarrolló el concepto de “hegemonía cultural” para explicar cómo las clases dominantes logran mantener su poder no solo mediante la economía o la coerción, sino también a través de la cultura, la educación y los medios de comunicación.

Según él, el verdadero dominio no se sostiene únicamente con la fuerza, sino cuando las ideas de quienes mandan se convierten en sentido común, en algo que parece natural e incuestionable para la mayoría. De este modo, el poder se vuelve más estable porque no se impone abiertamente, sino que se interioriza en la vida cotidiana.

Este planteamiento fue muy influyente en el siglo XX y todavía hoy nos ayuda a pensar cómo funcionan las relaciones de poder. Sin embargo, también ha recibido muchas críticas, sobre todo porque el mundo actual es muy distinto al que conoció Gramsci. Una de las principales objeciones tiene que ver con la fragmentación de la sociedad.

En su época, Gramsci imaginaba que la clase trabajadora podía convertirse en el núcleo de un “bloque histórico” capaz de disputar el poder. Hoy, en cambio, las luchas sociales no giran únicamente alrededor de la clase: existen movimientos por la igualdad de género, el reconocimiento de identidades étnicas, la diversidad sexual, el cuidado del medio ambiente y muchos otros.

Eso significa que ya no hay un único sujeto que pueda unificar todas esas demandas. Autores como el filósofo Ernesto Laclau (1935-2014) han señalado que lo político funciona más bien como un espacio en el que se articulan distintas reivindicaciones de manera contingente, sin que ninguna ocupe necesariamente el lugar central.

Hoy las fronteras culturales están atravesadas por el flujo constante de información.

Otro cambio fundamental tiene que ver con la globalización y la revolución digital. Gramsci pensaba en la hegemonía dentro de los límites de un Estado-nación, pero hoy las fronteras culturales están atravesadas por el flujo constante de información, capital e imágenes que circulan a escala global. El poder de las grandes empresas tecnológicas y mediáticas, así como la velocidad de las redes sociales, hace muy difícil pensar en una hegemonía estable y homogénea.

Como dice el antropólogo Alejandro Grimson (1968), más que consolidarse, la hegemonía parece volverse cada vez más frágil y provisional.

También ha cambiado el papel de los intelectuales. Gramsci les atribuía la tarea de orientar y organizar un proyecto contrahegemónico, ayudando a los sectores subalternos a tomar conciencia de su posición. Pero en la era digital, las voces ya no se concentran en figuras de prestigio académico o cultural, sino que circulan de manera descentralizada en redes sociales y espacios digitales.

La producción de ideas está fragmentada y en constante movimiento, lo que dificulta sostener discursos estables. En este contexto, la lógica gramsciana de repetir mensajes hasta que se conviertan en sentido común choca con la inmediatez y la fugacidad del debate público actual. Desde una mirada liberal, también se señala un riesgo: que la hegemonía pueda usarse como excusa para manipular conciencias.

La persuasión política puede deslizarse hacia la propaganda, generando consensos acríticos que favorecen tanto a movimientos emancipadores como a regímenes autoritarios. De hecho, la noción ha sido utilizada por proyectos muy distintos —desde el fascismo hasta el populismo—, lo que demuestra su ambivalencia.

La hegemonía puede convertirse en una forma de violencia simbólica.

Por otro lado, feministas y pensadoras poscoloniales han criticado la tendencia de la hegemonía a presentarse como algo universal y neutral. La filósofa Judith Butler (1956), por ejemplo, advierte que todo proyecto hegemónico implica excluir y silenciar voces que no encajan en la narrativa dominante. De esa manera, la hegemonía puede convertirse en una forma de violencia simbólica que oculta su carácter limitado y contingente.

Aun con todas estas críticas, el pensamiento de Gramsci sigue siendo útil porque nos recuerda que el poder no solo se ejerce con leyes o ejércitos, sino también en el terreno de las ideas y de la cultura.

Hoy, movimientos como el feminismo, el ecologismo, el antirracismo o las luchas indígenas disputan el sentido común y generan resistencias contrahegemónicas. Sin embargo, esas luchas se desarrollan en un espacio digital fragmentado, atravesado por algoritmos que deciden qué mensajes se amplifican y cuáles quedan invisibilizados. Esto plantea un desafío enorme: ¿cómo construir consensos y proyectos colectivos en un mundo donde la conversación pública cambia a la velocidad de un clic?

En definitiva, la idea de hegemonía cultural sigue siendo una herramienta poderosa para analizar cómo se construye y se legitima el poder. Pero necesita ser repensada para el siglo XXI. Más que un modelo fijo, debe entenderse como un campo abierto, siempre en disputa, en el que diferentes movimientos, identidades y voces compiten por imponer su visión del mundo.

La herencia de Gramsci sigue viva, pero exige una mirada crítica que sepa reconocer la diversidad, la fluidez y la complejidad del mundo actual.

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