Un legado que incomoda
Durante siglos, se nos ha repetido que los españoles fuimos poco menos que invasores crueles, mientras otros imperios —más violentos y menos constructores— se han revestido de héroes civilizadores. Pero los datos históricos cuentan otra historia.
En apenas cien años tras el Descubrimiento de América, los españoles fundamos más de 700 ciudades: una cada dos meses. Hoy, siete de las veinte ciudades más grandes de Estados Unidos —Los Ángeles, San Antonio, San Diego, San José, San Francisco, El Paso y Memphis— nacieron bajo dominio hispano. Buenos Aires ya tenía 250 manzanas trazadas en 1580; cinco siglos después reúne a más de 16 millones de habitantes. Y sólo cuarenta años después del primer viaje colombino ya estábamos fundando universidades.
Mientras en el mundo anglosajón la población indígena fue desplazada o exterminada, al sur del Río Bravo el 88 % de los mexicanos conserva raíces autóctonas. Al norte, apenas un 1,7 % de los estadounidenses puede decir lo mismo.
¿Por qué estamos tan mal contados?
Con estos datos en la mano, resulta chocante que aún haya quien pregunte: “¿Y tú, por qué te sientes orgulloso de ser español?”. Tal vez porque no nos enseñan lo esencial: España no es sólo una sucesión de guerras civiles o dictaduras del siglo XX. Es una nación milenaria, con un ADN cultural que se remonta al menos cinco mil años y que fue una de las mayores potencias civilizadoras de la historia.
Para comprender cómo se ha construido la leyenda negra, conviene volver al Mediterráneo. ¿Quién contuvo al islam durante siglos cuando Europa aún temblaba ante su avance? ¿Quién derrotó al imperio otomano en Lepanto? ¿Quién mantuvo en pie el frente occidental de la cristiandad mientras otras potencias comerciaban con el enemigo? La respuesta incomoda a algunos: España.
Hispania, semilla de Roma y de América
La ubicación de la península ibérica la convirtió en refugio de pueblos y culturas: fenicios, griegos, cartagineses, romanos, visigodos. Roma le otorgó la condición de granero del Imperio, y de aquí salieron emperadores como Trajano, Adriano, Marco Aurelio o Teodosio. Es decir: España no fue periferia, sino núcleo de Occidente.
Ese mismo impulso civilizador se trasladó luego al Atlántico. Frente a las colonias inglesas —poblamientos penitenciarios o comerciales—, los territorios hispanos en América eran provincias integradas. Se gobernaban con leyes, universidades, cabildos y derechos reconocidos para todos los súbditos, incluidos los indígenas. El Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, fundado en 1533, ofrecía formación superior a jóvenes indígenas un siglo antes de que los ingleses abrieran su primera universidad.
El rastro español en Estados Unidos
Hoy aún se conservan en San Antonio, Texas, misiones como la de San Francisco de la Espada (1731), atribuidas a veces —de modo inverosímil— a tribus nómadas que vivían en tipis. El camino desde Veracruz hasta Texas podía durar meses; y sin embargo allí llegaron monjes, soldados, ingenieros, agrimensores y agricultores. No fueron meros conquistadores: fueron fundadores.
En contraste, Nueva Orleans —que bajo dominio francés fue centro del comercio de esclavos— vio cómo España, al gobernarla, prohibía este tráfico. Lo mismo hizo Carlos II en Florida en 1693, ofreciendo libertad a esclavos fugitivos si juraban lealtad al rey.
¿Por qué entonces nos ocultan?
Pese a ello, Washington rara vez reconoce esta herencia. Se derriban estatuas de Colón y de fray Junípero Serra, se quitan nombres españoles a ciudades, se reescriben manuales escolares. No es casualidad: quien controla la memoria, controla el relato.
La leyenda negra no se sostiene en datos, sino en prejuicios. Se basa en ocultar que España llevó derecho, religión, lengua, arquitectura, agricultura, ciencia y mestizaje donde otros llevaron sólo cadenas y humo industrial.
Conclusión: recuperar la memoria para mirar al futuro
España no fue perfecta —ninguna potencia histórica lo ha sido—, pero sí fue diferente: fundó más que destruyó, mezcló más que segregó, educó más que explotó. Medio millar de millones de hispanohablantes lo demuestran.
Por eso, la pregunta no es “¿por qué te sientes orgulloso de ser español?”, sino esta otra: ¿cómo no estarlo?