Independientemente de la ilusión por hacerse ricos y poderosos con la abundancia de metales preciosos, de los que seguramente oyeron hablar los que salieron hacia América una veintena de años después del Descubrimiento, hemos de pensar que las primeras expediciones carecían de esta información, por tanto, fue su deseo de aventura el que les llevó a América.
Empecemos por Bernal Díaz del Castillo, de la mano de Isaac Moreno Gallo, que fue cronista de Cortés, natural de Medina del Campo se fue a América con 17 o 18 años, fue el relator de «La Historia Verdadera de la Conquista de Nueva España y Cronista de aquella Gesta Gloriosa»; reza así una placa en su casa natal. A los 20 años ya estaba en las primeras escaramuzas: antes de Cortés, estuvo en la expedición de Francisco Hernández de Córdoba en 1517, y después con la de Juan de Grijalba en 1518; no fueron exitosas, pero en 1519 llegaron al continente de manos de Cortés, y después de los mexicas estuvo contra Cristóbal de Olid en las actuales Honduras y Guatemala, donde vivió treinta años siendo regidor en la ciudad de Santiago de los Caballeros y reconocido por Felipe II.
Su vida es un poema, años y años jugándose la vida a diario.
Bernal cuenta lo bueno y lo malo, según testimonios de Alonso de Zurita y de Diego Muñoz Camargo, hacia 1526 Cortés y Mendoza lo recomiendan en dos cartas ante el monarca. Bernal escribe su crónica en torno a 1551, y lo hace para denunciar ante el monarca que no se le había hecho justicia, igual que a sus compañeros que murieron sin reconocimiento. Llamó a su obra Manual de las guerras. Antes había leído la obra Victoria Victris, de Francisco López de Gómara, que lo llena de ira y estupor porque no sólo ignora a sus compañeros sino que además se inventa cosas, pues él no había estado nunca allí. La crónica de Bernal es la auténtica y debería enseñarse en las escuelas. En 1629 se imprimió. Su vida es un poema, años y años jugándose la vida a diario, se nota su aprecio por Cortés, pero le criticó alguna de sus equivocaciones y que nunca les premiara ni los protegiera.
En el capítulo 196, cuando Cortés volvió a España, ellos esperaban que lograra el “repartimiento perpetuo” de los pueblos indios, adjudicados por méritos, para poner impuestos a cambio de la obligación de defenderlos y también el deber de evangelización, pero no se hizo y treinta años después, seguían reclamándolo con el pasotismo de Cortés. Otra crítica a Cortés es que cuando se repartió el oro que dio Moctezuma (cuando después de la Noche Triste murieran la mitad de los 1.300 que eran) Cortés sacó un quinto para él, igual que el quinto que pertenecía al rey. Hay que añadir en su descargo, —agrego yo— que todas las expediciones, incursiones y guerras eran iniciativa de ellos mismos y las financiaban con su propio dinero; no había financiación de la monarquía española.
También critica el caso de los indios de Yautepec, que fortalecidos en un cerro Cortés exigió: Mejor que les fuésemos entrando y subiendo. El ataque así era suicida: “echan los indios tantas piedras y peñascos, que fue cosa espantosa... Fue cosa inconsiderada el hacernos subir. Murieron ocho españoles y hubo muchos heridos… y Cortés dio gracias a Dios, ¡A buenas horas!
En el capítulo175 cuenta que en la zona de Zaguatán, en la expedición a Guatemala llegaron a un pueblo indio vacío, después de cruzar un peligroso río, y a Cortés no se le ocurre otra cosa que ir a buscar a estos indios, después de exponerse sólo trajeron siete principales y gente menuda, que huyeron de nuevo y ellos se quedaron solos y sin guía.
Bernal tenía fe, y muchas veces achacaba al apóstol Santiago o a la Virgen la ayuda para sus victorias.
Sobre el factor evangelizados cuenta cómo por las leyes reales se impedía la evangelización a la fuerza. Bernal tenía fe, y muchas veces achacaba al apóstol Santiago o a la Virgen la ayuda para sus victorias. Al llegar a Veracruz tienen una escaramuza en Cempoala, primer pueblo aliado con ellos. Llegaron a Tlaxcala y a un pueblo Zocotlán, con emisarios del propio Moctezuma; pues cuando están allí, él expresa la voluntad de ir a Méjico con Moctezuma y les da este mensaje:
Hago os saber que venimos de lejanas tierras, por mandado de nuestro rey y enviados a mandar a Moctezuma que ni mate, ni sacrifique a ningunos indios, ni robe sus vasallos, ni tome ningunas tierras, y par de la obediencia a nuestro rey y Señor,... y ahora le digo lo mismo a Olintecle y a todos los que aquí estáis: ni comáis carnes de vuestros prójimos, ni hagáis sodomías y las cosas feas que soléis hacer (se refiere a todo tipo de relaciones incestuosas como explica en otro lugar), porque así lo manda Dios nuestro Señor”.
En la plaza de Zocotlán encontraron rimeros innumerables de calaveras, eran como cien mil; y en la otra parte de la plaza había tanto rimero de zacarrones y huesos de muertos que no se podían contar. Y en todos los pueblos había lo mismo.
En el capítulo 92 habla de la pirámide de Tenochtitlán y su Wichilobos (dios), donde enterraban a los grandes señores mejicanos, todo lleno de sangre y de humo. Para Bernal fue un tremendo problema psicológico esta realidad de antropofagia, y más cuando vieron sacrificar a 62 compañero soldados españoles (la película actual Apocalipto, de Mel Gibson, parece que se documenta en estas declaraciones). Bernal cuenta con detalle los sacrificios y cómo comían sus carnes y las vísceras se las llevaban al zoológico, con detalles terroríficos. Por ejemplo:
Esta cosa muy temeraria que me ocurrió, al ver abrir los pechos y sacar los corazones de sus 62 compañeros para ofrecerlos a los ídolos, y veía que un día que otro podían de hacer de mí lo mismo, porque ya me habían llevado asido dos veces y me escapé (…) y como dice el refrán que cantarillo que muchas veces va a la fuente… Y antes de entrar en batalla se me ponía como una grima y tristeza en el corazón y orinaba una vez o dos. Y ya entrado en batalla se me quitaba aquel temor. Fijémonos en el trauma.
Y en otro lugar dice: El antecesor de Moctezuma, Señor de Méjico, ofreció a los indios en un solo templo en un sacrificio que duró tres o cuatro días 80.400 hombres, los cuales traían a sacrificar por cuatro calles, en cuatro hileras hasta llegar delante de los ídolos al sacrificadero. Y dice Bernal que cuando los españoles entraron, por todos los pueblos había muchos sacrificios ofreciendo a los ídolos carne humana.
En el capítulo 155 dice: al llegar a Tlatelolco, en la plaza Mayor de Tenochtitlán vieron en aquellos “gúes” (palos) estaban muchas cabezas de nuestros soldados que habían muerto en las batallas pasadas, y tenían los cabellos y barbas más crecidas que cuando eran vivos. Y yo conocí a tres de aquellos soldados y al verlos se nos saltaron las lágrimas.
Pero entre ellos no, sólo se comían a los enemigos.
Descubrieron también que en todos los pueblos tenían como unas jaulas con fuertes tablones donde metían en ellas a engordar a muchos indios e indias y muchachos, y estando gordos, los sacrificaban y los comían. Pero entre ellos no, sólo se comían a los enemigos. Tanto es así que cuando Cortés venció en Tenochtitlán, sus aliados tlascaltecas mataron y despedazaron, en venganza, a miles de mexicas y se los llevaron a sus pueblos de origen sin que los pocos españoles de Cortés pudieran evitarlo.
De borrachos también hallamos en la provincia de Panuco que se embudaban por el sieso con unos canutos y se henchían los vientres de vino, como cuando entre nosotros se echa una medicina, torpedad jamás oída. Hoy estas cosas son negadas por historiadores mejicanos, sin ninguna prueba. Bernal cuenta lo que vio y la arqueología le está dando la razón.
Finalmente, Bernal, más al norte no encontró indios antropófagos, pero eso sí, estaban más atrasados, en el Paleolítico. Pero estos tuvieron peor suerte que los del sur, porque su territorio lo ocuparon anglosajones, que no tenían piedad, ni leyes que los protegieran. Los españoles, en cambio, no los privaron de sus tierras.