Aquel 29 de octubre de 2024

Un año después de la riada: el día en que el Estado se quedó sin cauce.

Un año después de la riada que golpeó Valencia, el recuerdo sigue vivo. La catástrofe mostró las grietas de nuestro sistema político y la fuerza de una ciudadanía que, frente a la inacción institucional, supo organizarse para ayudar y reconstruir.
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El día que el agua desnudó al Estado

El 29 de octubre de 2024 marcó un antes y un después en la historia reciente de Valencia. Aquel día, el agua lo arrasó casi todo: hogares, calles, vidas, y con ellas, las certezas de un sistema político que se mostró incapaz de reaccionar. La riada fue más que una catástrofe natural; fue una dolorosa demostración de que el modelo institucional que nos hemos dado no satisface las necesidades ciudadanas cuando se enfrenta a un desastre de gran magnitud.


Un Estado de las autonomías desbordado

Las diferencias políticas entre el Gobierno autonómico y el nacional se convirtieron en un muro que impidió actuar con rapidez y eficacia. Mientras el agua subía, las competencias chocaban, la coordinación se diluía y la desconfianza mutua se imponía. La gestión de la emergencia evidenció que el Estado de las autonomías, sin una cooperación real y leal entre administraciones, se vuelve un laberinto de ineficiencia.


La política mirando hacia otro lado

Resultó incomprensible que el Parlamento cancelara toda su actividad salvo el pleno extraordinario para convalidar la renovación de la cúpula de RTVE. En pleno balance provisional de víctimas, los diputados eligieron mirar hacia sus agendas institucionales antes que hacia los damnificados. La tragedia no detuvo la política, pero sí la humanizó… por su ausencia.


Responsabilidades diluidas, liderazgo ausente

Los responsables políticos de emergencias, tanto autonómicos como estatales, demostraron falta de experiencia y liderazgo. La colaboración entre ambos niveles quedó atrapada en la desconfianza y la improvisación. Solo una pequeña unidad de la UME llegó en las primeras horas, mientras los efectivos de las Fuerzas Armadas esperaban órdenes a escasos kilómetros del desastre.

Y la imagen que quedará grabada: el presidente de la Generalitat en una comida intrascendente, ajeno a la tragedia que ahogaba a sus conciudadanos a pocos kilómetros. Un símbolo de la desconexión entre poder y realidad.


La fuerza del voluntariado y la solidaridad

Pero donde el Estado se vio paralizado, la ciudadanía respondió con determinación. Desde todos los rincones de España se organizaron convoyes de ayuda humanitaria, voluntarios que ofrecieron brazos, vehículos, alimentos y esperanza. Aquella explosión de solidaridad recordó a los días del chapapote gallego: un pueblo que no espera órdenes para actuar.

En medio del caos, los gestos sencillos —una pala, una manta, una mano tendida— se convirtieron en el verdadero rostro del país.


El papel del rey y la dignidad institucional

En contraste con la confusión política, la figura del rey mantuvo la serenidad institucional. Soportó la indignación popular y las críticas a la gestión del Gobierno, pero no eludió su papel. Estuvo donde debía, sin escapar ni esquivar el malestar. En una democracia desbordada por su propia polarización, su presencia fue, al menos, un gesto de responsabilidad.


Semillas de esperanza

Hoy, un año después, la esperanza florece entre las cicatrices. Es la semilla que crece en silencio, la promesa de que la luz siempre vuelve, incluso cuando parece que la oscuridad ha tomado el control.

El coraje ciudadano fue y sigue siendo el verdadero legado de la riada. El agua desbordó el Estado, pero no la solidaridad.



Salir al Aire: del seguimiento al compromiso

Desde Salir al Aire seguimos la tragedia desde Barcelona, colaboramos con entidades juveniles para canalizar recursos y varios de nuestros colaboradores directos se remangaron, literalmente, para sacar barro. Porque informar no basta: hay momentos en que el periodismo también debe ser acción y testimonio. A todos los que trabajaron para paliar el desastre, nuestro reconocimiento. A quienes sufrieron la pérdida y el dolor, nuestro respeto y consuelo.

Abajo algunas de las carátulas que acompañamos a sus convocatorias y crónicas

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