Editorial

30 de julio. Día Internacional de la Amistad.

Fue proclamado oficialmente por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2011 con el objetivo de fomentar la amistad entre los pueblos, los países, las culturas y las personas, como un medio para inspirar iniciativas de paz y construir puentes entre comunidades.
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La vida es mejor con amigos

Se trata de una verdad emocional que refleja la esencia compartida de la existencia humana. Los amigos no solo acompañan, sino que amplifican la alegría, suavizan el dolor, y nos devuelven el reflejo de quienes somos, a veces incluso mejorado. La amistad es un refugio, un espejo, una risa en medio del caos, y un lazo invisible que nos recuerda que no estamos solos en el mundo.

Sin amigos, los logros saben menos dulce y los desafíos se vuelven más pesados. Con amigos, cualquier camino es más llevadero, cualquier silencio más significativo, cualquier celebración más plena. En consecuencia, los amigos no hacen que la vida sea perfecta, pero sí profundamente más vivible.


La amistad como valor humano fundamental

Reivindicar la amistad como valor humano fundamental es apostar por una forma de vida más solidaria, más empática y más consciente del otro. En tiempos de incertidumbre o conflicto, la amistad no es un lujo emocional: es un pilar invisible, pero firme, sobre el que puede edificarse un mundo más justo y humano.

En un plano más amplio, la amistad entre personas y comunidades puede actuar como puente entre diferencias, como base para el diálogo intercultural y como antídoto contra la intolerancia y el aislamiento. La amistad tiene el poder de unir lo que la política o la historia han separado, porque se construye sobre lo más básico y profundo: el reconocimiento del otro como valioso.

Fomentar estos valores no es tarea exclusiva de los gobiernos ni de las instituciones. Empieza en lo cotidiano: en nuestras palabras, en la manera de relacionarnos, en cómo respondemos a lo diferente. Cada gesto de respeto, cada acto de solidaridad, y cada esfuerzo por comprender al otro siembra un poco de futuro.


Generar enemistades como estrategia política.

En muchas sociedades, los partidos políticos no se limitan a promover ideas o programas: fabrican enemistades, dibujan trincheras y convierten al adversario en un enemigo. Lo hacen no tanto para defender ideales, sino para asegurar lealtades emocionales. El objetivo no es convencer, sino dividir: “si el otro es el mal, yo soy el bien”. De este modo, se transforma la política —que debería ser un ejercicio de deliberación y búsqueda de soluciones comunes— en un campo de batalla emocional, polarizado e improductivo.

Estigmatizar al contrario es una táctica clásica: se caricaturiza, se ridiculiza o se criminaliza al que piensa distinto. Así, los partidos no solo disputan el poder, sino que configuran identidades: ser “de los nuestros” implica rechazar, despreciar o temer a “los otros”. Esta lógica es tóxica porque reemplaza el debate por la descalificación, y el análisis por el eslogan.

Cuando un partido basa su fuerza en la enemistad, no necesita rendir cuentas de su gestión: basta con señalar al enemigo común. El miedo o el odio al “otro bando” asegura el voto, incluso si el propio proyecto es débil, incoherente o corrupto. Este voto cautivo emocional es una forma de manipulación que degrada la democracia y anula el pensamiento crítico del ciudadano.

El resultado es una ciudadanía fracturada, donde familiares, vecinos o colegas dejan de hablarse por diferencias políticas que en realidad han sido amplificadas y distorsionadas desde arriba. El tejido social se resiente: la amistad cívica se erosiona. La enemistad impuesta desde los partidos se filtra en la vida cotidiana, y las sociedades se vuelven más desconfiadas, menos cooperativas y más violentas.


Recuperar el valor del disenso

Frente a esta deriva, urge reivindicar el disenso como legítimo y necesario. Pensar diferente no convierte a nadie en enemigo, sino en interlocutor. La diversidad de ideas es el alma de toda democracia viva. Solo a través del respeto mutuo, el diálogo y la comprensión podremos reconstruir la amistad cívica, base de una convivencia democrática sana.

Frente al discurso del enfrentamiento que fractura a la sociedad para conservar poder, hay espacios —como Salir al Aire— que reclaman la política de la amistad, la cultura del entendimiento y la identidad compartida como motor de acción. En lugar de sembrar enemistades, cultivan alianzas. En lugar de dividir, conectan. Y eso, hoy, es una forma muy poderosa de resistencia y esperanza.


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