Opinión

Trump y el nuevo reparto del mundo: el matón de la clase global

Trump actúa como el matón de la clase en un mundo que se reorganiza por la fuerza. La primacía de los intereses nacionales y personales, al margen del derecho internacional, dibuja un nuevo equilibrio global que deja a Europa ante un dilema existencial.
2026-01-19-Opinion-propia-2w

El uso de la fuerza como método

Trump se ha convertido en el nuevo matón de la clase: amenaza porque tiene la fuerza y la ejerce, sea con derecho o sin él. Y esa fuerza la utiliza para imponer y defender lo que cree que son los intereses estrictos de su país, no para salvaguardar el orden internacional, los valores democráticos o realizar acciones humanitarias. Desgraciadamente, es así.

Con EE. UU. hoy resulta secundario analizar si una acción concreta coincide o no con los intereses generales o los principios y valores de la Unión Europea o de España. Lo relevante es que, si en algún momento hay coincidencia, es circunstancial. Trump, y por tanto EE. UU., se está moviendo por intereses económicos e incluso personales propios, y lo que se está definiendo es un nuevo equilibrio mundial. Su actuación actual en Ucrania, Venezuela o Groenlandia lo demuestra.

Tres polos y un mundo sin reglas

Estamos viviendo un nuevo reparto del mundo con tres polos: EE. UU., China y Rusia, cada uno con sus áreas de influencia correspondientes. Las tres grandes potencias intervienen política o militarmente en sus zonas de control según les conviene, al margen del derecho internacional y de los valores tradicionales de la democracia. Rusia, China y EE. UU. encarnan expresiones modernas de los antiguos imperios.

En este nuevo escenario sobra el cuarto actor: la Unión Europea, a la que Trump no deja de enfrentar con sus propias debilidades e incoherencias. España forma parte de este bloque y comparte, por tanto, esas fragilidades.

Europa ante su desafío histórico

Es preciso avanzar de forma urgente hacia una mayor cohesión europea, aunque ello conlleve cesiones importantes de soberanía de los Estados miembros. Pero este proceso debe ir acompañado de la aparición de nuevos liderazgos, de la reducción y redefinición de la maquinaria burocrática europea, de una mejora de la representatividad de sus instituciones y de un mayor grado de identificación de la ciudadanía con ellas. Sobre todo, es necesario construir un proyecto colectivo que nos una pese a las diferencias económicas, lingüísticas o culturales.

La Unión Europea encarna unos valores y un modo de vida que hoy no son compartidos por los demás actores mundiales. Y, como no espabilemos, nos veremos arrastrados a los suyos, aunque ello suponga una merma del Estado del bienestar y de los derechos de la ciudadanía. Despertemos y defendamos un futuro para Europa.

Comentarios