Opinión

Neofeminismo y poder: cómo el dolor se transforma en un negocio ideológico

En el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, el debate sobre las políticas de género vuelve a centrarse en sus efectos reales, sus fallos y la gestión del sufrimiento femenino.

2025-11-25-María-José-1w

Neofeminismo, confrontación y negocio del dolor

La deriva neofeminista actual ha optado por exacerbar en el enfrentamiento entre los sexos y no ha centrado la política feminista en una defensa real de la víctima. Ha subvencionado con dinero público chiringuitos ideológicos y convertido en negocio el dolor de las mujeres. La brecha existente entre la mujer y el hombre, cada vez más profunda, les asegura su pervivencia y los objetivos disolventes y deshumanizantes del turbocapitalismo de última generación.

La ideología de género ha degenerado y ya no denuncia la discriminación de las personas por razón de sexo, sino que ha borrado el sexo y, por tanto, al hombre y a la mujer. No puede haber peor condicionamiento que no existir. A esto hay que añadir su infantil estereotipación de lo masculino y lo femenino en pleno siglo XXI, que no sirve más que para una película de Walt Disney.

Leyes fallidas, desistimientos y duplicación normativa

Respecto a la ley contra la violencia de género, podemos señalar como positivo que se ha logrado la atención inmediata a la víctima en 72 horas. Sin embargo, se producen muchos desistimientos a instancia de la propia persona que denuncia, porque no se ofrece la protección que la propaganda política promete y existe, al mismo tiempo, un uso espurio de la misma, casi constante.

Respecto a la ley trans, se está provocando una duplicación de marcos normativos por la autodeterminación de género. Esto ha provocado una profunda inseguridad jurídica.

Sobre la VioGén no se observan resultados en el seno familiar, pues contempla los delitos leves como pegar e insultar. En estos casos se aplicarían las 72 horas y privarían al padre de ver a sus hijos. Para los graves se aplica la legislación común y no se protege suficientemente a la víctima, es decir, se queda corta.

Son leyes fallidas, como la ley de “sólo sí es sí” o de consentimiento, en la cual se reduce la pena de los violadores al equiparar una agresión sexual con una violación. Por esta razón, los jueces aplican la ley de acuerdo con la pena más leve referida a un mismo delito. Esto es un precepto jurídico, por tanto se ve reducida la pena de los delitos graves como la violación. Y es muy básico que no es lo mismo un piropo contextualmente inapropiado que una agresión física o una violación.

Falta de protección, cifras oficiales y propaganda globalista

El negocio del género no pone sus recursos millonarios al servicio de las mujeres que de verdad lo necesitan. Tampoco protege a todas las víctimas de esa violencia, como los huérfanos. La ley debe ser igual para todos, al margen de que el asesino de su progenitor sea un hombre o una mujer. Es decir, no discriminar por razón del sexo del agresor. Cada circunstancia ha de ser analizada por profesionales para delimitar los atenuantes o agravantes de la misma.

Además, este gobierno ha permitido que más de 4.500 mujeres quedaran desprotegidas por pulseras antimaltrato defectuosas. Las violaciones, durante el mandato de Pedro Sánchez, han aumentado un 275 % y los delitos sexuales un 81 %. En el primer trimestre de 2025, un 76 %, según datos del Ministerio de Interior. Se oculta también la nacionalidad de los agresores, para someterse a los mandatos de la política inmigracionista de fronteras abiertas que la agenda globalista impone al Gobierno de España, con la consecuente inseguridad política, económica y social que padecen, como siempre, las clases más desfavorecidas.

Cultura, familia y la necesidad de un cambio profundo

La solución pasa por un cambio político profundo y también por una vuelta a nuestros valores. Se debe defender a la familia por encima de todo y nuestra cultura, en la que incluyo la religión. Esa política de enfrentamiento entre sexos, de considerar a la familia como un espacio de violencia, es un punto de partida radicalmente perverso. Precisamente es la familia el núcleo principal de la sociedad y un espacio de seguridad y amor y, en casos de que no lo sea, la justicia debe actuar con toda celeridad y contundencia.

Hay que escuchar a las víctimas, creer en ellas y estar a su lado. Ser responsables de nosotros mismos y exigir responsabilidad a los demás.

La sexualización como forma de afirmación humana, lo que las neofeministas llaman “empoderamiento”, ha generado un concepto humano completamente alejado de la espiritualidad, que desde el punto de vista educativo es la causa de la extensión generalizada, en todas las redes sociales y productos de consumo digital y cultural, de esa visión reduccionista y depredadora.

La ideología basura del globalismo ha acabado con el avance del feminismo positivo y, en general, con las culturas, que son la salvaguarda frente a su poder mediático y su imposición agendista, cuya consecuencia directa es la cosificación de la mujer sexualizada/empoderada exactamente igual que el hombre.

Por tanto, o restituimos y dignificamos el concepto cultural de mujer y de hombre, o no podremos avanzar, sino retroceder, pues sin cultura no hay civilización y esta depende del concepto de mujer que en ella exista y del lugar que ella ocupe, tanto en la familia como en la sociedad.

 

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