Opinión

Desarme y conciencia: el deber de la fuerza al servicio de la paz

La Semana del Desarme invita a reflexionar sobre la contradicción entre el progreso militar y la búsqueda de la paz. Frente a un mundo armado hasta los dientes, urge equilibrar la defensa necesaria con el compromiso ético de proteger la vida y servir a la humanidad.
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Desarme y conciencia: el deber de la fuerza al servicio de la paz.

La Semana del Desarme es una iniciativa de la ONU que busca sensibilizar a la ciudadanía sobre los peligros de la carrera armamentística y reforzar la idea de que el desarme contribuye a la estabilidad internacional.

Desde el origen del ser humano, uno de sus primeros actos fue utilizar lo que tenía más a mano como arma, tanto para defenderse de los animales como de otros hombres. Desde entonces, el progreso de la humanidad ha estado ligado al desarrollo de armas cada vez más peligrosas y destructivas. Hoy hemos llegado al punto en que algunos Estados poseen artefactos capaces de destruir a la propia humanidad. Que la civilización tome conciencia de esta situación y frene esta espiral de desarrollo destructivo es fundamental para nuestra supervivencia.

Sin embargo, las guerras siguen formando parte de nuestra realidad. Tanto la interposición entre fuerzas contendientes como la disuasión para evitar nuevos conflictos armados exigen que los Estados dispongan de fuerzas armadas suficientemente dotadas y preparadas, tanto para la defensa propia como para la intermediación internacional como fuerzas de paz al servicio de organismos internacionales, como la ONU

Estamos asistiendo a una fuerte presión para incrementar el gasto en armas convencionales.

Compatibilizar ambas situaciones no es fácil. Existe un consenso global en reducir las armas nucleares y, aunque de manera insuficiente, se ha avanzado en ello. Por el contrario, estamos asistiendo a una fuerte presión para incrementar el gasto en armas convencionales. La exigencia de EE UU para que los países de la OTAN alcancen un 5 % del PIB en inversión militar va en esa dirección.

Imponer porcentajes de gasto militar sin establecer previamente las necesidades y los objetivos a cubrir no solo es incoherente, sino que provocará una escalada armamentística creciente que nos aleja de la paz mundial y detrae ingentes recursos necesarios para atender necesidades primarias de la humanidad: alimentación, vivienda, educación, sanidad, etc.

Es preciso, ante todo, que las fuerzas armadas estén comprometidas con el proyecto nacional al que sirven.

Se ignora, además, que para garantizar la defensa nacional de un país es preciso, ante todo, que sus fuerzas armadas estén comprometidas con el proyecto nacional al que sirven y encarnen valores esenciales de la milicia, como la disciplina, la lealtad, el espíritu de servicio y sacrificio, o el honor. Sin ello, las armas no sirven de nada. En este sentido, España ha alcanzado un nivel de excelencia notable.

En consecuencia, confiemos en que esta Semana del Desarme haga reflexionar a los gobiernos del mundo y limite el desarrollo armamentístico en el que nos hemos embarcado, y que, a la vez, ponga en valor a las fuerzas armadas como instrumento de servicio a la sociedad a la que se deben.

Por último, esperemos que, en el caso de España, sepamos también aquilatar bien cuáles son nuestras amenazas potenciales, los compromisos internacionales que asumimos, el papel del Ejército ante los desastres naturales, las nuevas tecnologías y armas de combate, y el desarrollo de una industria militar no dependiente. Y, fijadas las necesidades, adecuemos nuestros recursos humanos y económicos a ellas, coincidan o no con las del señor Trump.

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