Opinión

Cuando importa más quién actúa que lo que realmente se hace.

La dana en la Comunidad Valenciana reabrió un viejo debate: ¿juzgamos la gestión pública por los hechos o por los rostros que la encabezan? En una España cada vez más polarizada, la respuesta política ante una crisis se mide más por afinidades que por resultados.
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Una catástrofe que expuso viejas dinámicas

La reciente dana que azotó la Comunidad Valenciana dejó tras de sí un paisaje de destrucción, pérdidas económicas y vidas alteradas. Como ocurre en toda catástrofe, las preguntas sobre responsabilidad y eficacia se multiplicaron inmediatamente. En la arena mediática y política, el foco se dirigió sobre el presidente de la Generalitat, Carlos Mazón, y su capacidad para coordinar la respuesta. Sin embargo, más allá de los hechos objetivos —la activación de emergencias, la movilización de recursos, la coordinación con ayuntamientos y servicios de protección civil—, lo que dominó la discusión pública fue el quién.

El peso de la imagen sobre la gestión

En España, la percepción política a menudo pesa más que la acción. La polarización ha convertido el análisis de la gestión pública en un ejercicio de etiquetas: se juzga a las personas antes que a los hechos. En el caso de Mazón, cada paso fue escrutado, y cada decisión interpretada bajo filtros ideológicos, sin esperar a conocer el alcance completo de la emergencia.

Responsabilidades compartidas, críticas selectivas

Pero juzgar solo a la Generalitat es simplificar excesivamente la realidad. La gestión de fenómenos climáticos extremos no recae exclusivamente en las autonomías. El Gobierno de España comparte responsabilidades esenciales: la planificación hidrológica, la coordinación nacional de emergencias, la gestión de infraestructuras estratégicas y la movilización de recursos estatales son competencias que afectan directamente a la capacidad de respuesta ante catástrofes. En esta dana, la coordinación estatal resultó insuficiente en algunos ámbitos, lo que contribuyó a agravar los daños y a prolongar la sensación de improvisación. Por tanto, limitar la crítica a Mazón ignora un hecho central: la respuesta frente a la tormenta fue una acción compartida entre administración autonómica y central. 

Redes sociales: amplificadores del quién

El efecto de esta narrativa simplificada se amplifica en las redes sociales y medios digitales. En cuestión de minutos, las imágenes del presidente autonómico visitando municipios inundados se transformaron en munición política. Para unos, eran símbolo de cercanía y liderazgo; para otros, márquetin oportunista. Mientras tanto, la actuación del Gobierno central recibía críticas fragmentadas, menos visibilizadas, generando una percepción parcial de responsabilidad. La conversación pública se desplazó del qué se hizo al quién lo hizo, relegando a un segundo plano a las verdaderas víctimas: los vecinos que perdieron hogares, comercios y bienes esenciales.

El juicio ideológico como norma

Este fenómeno no es exclusivo de un color político. La sociedad española tiene tendencia a juzgar con base en afinidades y emociones, clasificando rápidamente a las personas como “buenas” o “malas” según su ideología o notoriedad. Una vez encasillado un político, sus actos posteriores se interpretan según esa etiqueta. Así, se perdonan errores de los favoritos y se magnifican los de los adversarios, en un círculo que debilita la crítica constructiva y la rendición de cuentas real.

El reto de juzgar sin etiquetas

Recuperar la capacidad de juzgar por el qué y no por el quién es un desafío urgente. Implica exigir responsabilidad sin sesgo, reconocer aciertos de cualquier administración y analizar fallos desde la evidencia, no desde la simpatía o antipatía política. En el contexto de catástrofes como la dana, esa mirada desapegada puede marcar la diferencia entre mejorar los protocolos de emergencia o repetir los mismos errores en futuras crisis.

Más allá del espectáculo político

La dana en Valencia demuestra que la gestión de desastres naturales es compleja y compartida. La Generalitat actuó, pero también dependió de los recursos y decisiones del Estado. Evaluar la actuación política únicamente por el rostro de un dirigente simplifica la realidad y perpetúa la polarización. La madurez democrática requiere un esfuerzo colectivo: separar los hechos de las emociones, exigir responsabilidad a todos los niveles y, sobre todo, centrar la atención en los damnificados, no en el espectáculo mediático.

Cuando el qué importa más que el quién

Porque solo cuando empezamos a preguntar qué se hizo y no quién lo hizo, podemos construir un sistema de justicia y gestión pública más justo, eficiente y coherente. En catástrofes naturales, esa diferencia no es solo ética o política: es cuestión de vidas y seguridad.

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