La antigua promesa de la educación como motor de ascenso
Decía Quevedo que «poderoso caballero es don Dinero». Y evidentemente que lo es. Pero la cuestión importante es: ¿cómo conseguirlo? Durante muchos años la respuesta era sencilla: la educación y, en concreto, la Universidad.
De hecho, el mensaje que hemos recibido los jóvenes ha sido: estudia —y mejor si mucho—, esfuérzate y tendrás lo que quieras. Y daban este mensaje porque, históricamente, el ascensor social —lo que te permitía subir y escalar entre imaginarias clases sociales— ha sido la Universidad. Estas instituciones educativas tenían —tienen— como objetivo nutrir intelectualmente a sus estudiantes. Pero, gracias a esa nutrición intelectual, conseguían también una nutrición económica que les permitía desarrollarse a ellos mismos y a los suyos, formando familias.
Un ascensor social atascado: el mercado laboral ya no absorbe el talento
En cambio, hoy el ascensor social que representan las Universidades está roto. O, como poco, es un ascensor atascado entre plantas. Por cuantificar esta idea, según el INE en 2005 —hace solo 20 años— los graduados universitarios cobraban un 67% más que la media; en 2022 fue tan solo un 24,4% superior. Pero analicemos en detalle este ascensor.
Ya de entrada, los universitarios españoles duplican la tasa de desempleo de la media de la Unión Europea. Esto es, tienen menos oportunidades y, con ello, menos probabilidades de acceder a un empleo.
Pero supongamos que efectivamente consiguen ese empleo: ¿será de lo suyo? ¿Tendrán los oficios para los que han estudiado durante cuatro años o sustituirán el birrete por la gorra del McDonald’s? Según Eurostat, el 37% de los graduados universitarios trabajan en puestos inferiores a su cualificación. Esto significa que el mercado no ha sido capaz de absorber, de dar trabajo a gente con formación académica. La inversión tanto del estudiante —en tiempo— como del Estado —en dinero— ha quedado en nada.
Consecuencias: salarios estancados, fuga de cerebros y un modelo agotado
¿Y qué pasa con el 63% restante que sí consigue trabajo de lo suyo? Al menos se remunerará en forma de mejores salarios. O quizá no tanto. De media, un estudiante universitario cobra unos 600 € brutos más que un estudiante de formación profesional (FP). Una brecha que cada año se reduce y que se estrecha con la experiencia laboral.
Tanto es así, que antes estudiar una FP era la antesala para entrar en un grado universitario. Y ahora es justo al revés: la gente empieza en la Universidad y termina en una FP que sí pueda darle un futuro. Literalmente se ha invertido el ascensor social.
Ante estos hechos, tampoco sorprende que España sea el segundo país con más fuga de cerebros de la Unión Europea. Una fuga que, según la Fundación BBVA, costó en 2022 150.000 millones de euros. ¿Se imaginan los hospitales, colegios o carreteras que se pueden construir con 150.000 millones? Pues ese dinero estará en manos de otras naciones y no en el país que vio nacer ese talento.
El ascensor social está roto, pero la pregunta es por qué. ¿Qué se está haciendo mal en las universidades para que una carrera no signifique nada? O también podemos hacernos la pregunta inversa: ¿qué modelo económico seguimos en España para que una carrera no signifique nada? ¿Qué empleos generamos? ¿A qué sectores económicos estamos impulsando? Y, sobre todo, qué productividad generamos expulsando el talento al extranjero, malpagando a los que consiguen trabajo de lo suyo y dejando al resto ocultar su grado universitario porque resta más que suma en una entrevista de trabajo.
El dinero es poderoso, sí. Pero el cómo lo consiguen los jóvenes del presente marca el país del futuro.