Quiero ser ministra... y así poder asumir sin complejos la contradicciones.
Podré asumir sin complejos la contradicción entre postulados expresados y modo de vida, pues tendré a mi disposición toda la ‘opinión sincronizada’.
Publicado en primicia en El Subjetivo (18/09/2025), y posteriormente un resumen de Salir al Aire (con conocimiento de la autora). Leerlo en el sitio web original.
Resumen. Título original: Quiero ser ministra.
En su artículo, Teresa Freixes empieza proclamando con cierta ironía su deseo de “ser ministra” en España, no porque aspire de verdad al cargo, sino como herramienta crítica para exponer lo que considera son las contradicciones, la inacción y la falta de responsabilidad política del Gobierno actual. El título —“Quiero ser ministra”— funciona como provocación para invitar al lector a reflexionar sobre cómo se ejerce el poder público en el país.
Freixes señala que, desde ese hipotético puesto, podría “asumir sin complejos la contradicción entre postulados expresados y modo de vida”, dado que tendría a su disposición la “opinión sincronizada” —esto es, los medios alineados con el poder— para moldear narrativas favorables. Pero también advierte que esta (irreal) opción tendría beneficios claros: poca responsabilidad, mucho delegar, poca exposición real a la presión política cotidiana. En tono satírico, ella describe un ministerio cómodo, donde buena parte del trabajo se haría “en Bruselas” o se delegaría al aparato técnico.
A continuación, la autora recorre varias áreas de política pública donde observa dejadez o exceso de delegación institucional: la gestión de la pandemia, los incendios forestales, las competencias autonómicas, la política territorial, la acción exterior, cultura y manifestaciones. En cada caso enfatiza que el Estado central aparece desactivado o descaradamente ausente.
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En el episodio de la pandemia, Freixes señala que las comunidades autónomas asumieron protagonismo, aplicando normas propias y provocando una gran confusión sobre horarios, fronteras internas, prestaciones sanitarias, incluso transporte de pacientes. Mientras tanto, el Gobierno central adoptó una actitud pasiva en la coordinación.
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En los incendios, la intervención estatal también fue mínima. Las competencias y los esfuerzos recayeron sobre comunidades autónomas y ayuntamientos, que en muchos casos tuvieron que improvisar según sus medios.
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En el ámbito del interior, Freixes critica la falta de respuestas frente a manifestaciones conflictivas durante la Vuelta a España, apuntando que ni el presidente ni ministros denunciaron el mal comportamiento de algunos grupos.
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En asuntos de territorialidad, reprocha al ministro de Administración Territorial que no actúe cuando gobiernos regionales llegan a acuerdos sobre competencias no transferibles, pactan “cupos singulares” o financian proyectos fuera del marco constitucional vigente.
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En política exterior aprecia que, aunque se observe algo más de actividad, esta se concentra en aspectos secundarios —en lugar de en proyectos estratégicos de Estado— y que hay fallos de coordinación institucional en Europa, especialmente en lo que atañe al uso de lenguas oficiales y la defensa del sistema constitucional frente a los secesionismos internos.
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En cultura, Freixes denuncia la proliferación de cancelaciones, la politización de eventos culturales y la imposición de posturas ideológicas —por ejemplo, la propuesta de prohibir la participación estatal en Eurovisión—, que evidencia una visión autoritaria de lo que debe ser un ámbito público plural.
Tras recorrer esos ejemplos, la autora retoma su argumento: si ejercer un ministerio es tan liviano —bajo su diagnóstico— bien podría aspirar a uno ella misma, salvo que al final descubra que dicho ejercicio sería inapropiado porque correspondería con una política que conduce al desgobierno, la desinstitucionalización y la sustitución del orden constitucional. Su ironía se convierte en advertencia: “No quiero ser ministra” si ello implica ser cómplice de una operación paulatina de cambio estructural del Estado, hacia algo parecido a “una programada deriva confederal”, en la que la política —y la responsabilidad democrática— desaparecen como tales.
Finalmente, Freixes remite a antecedentes teóricos y políticos: al pensamiento de Arendt, al “Estado total” de Schmitt, a la estrategia de los totalitarismos de infiltrar las instituciones, al control del relato y la banalización del odio y la violencia. A su juicio, hoy esos mecanismos están activados institucionalmente, y lo que se ve en la política española —la delegación constante, la confusión de competencias, la falta de claridad de respuestas— puede ser parte de un diseño deliberado para erosionar la democracia formal del régimen de 1978.
El artículo concluye con una afirmación contundente: si convertirse en ministra implicara ser cómplice de esta transformación hacia una democracia rota, preferiría no hacerlo. La intención satírica inicial —“quiero ser ministra”— da paso a un giro final: esa aspiración ficticia sirve para poner en evidencia lo que, para la autora, es la verdadera “ministerialidad” del poder en España: acto mínimo, mucha fachada, escasa acción real, y una estrategia de poder que avanza sustituyendo la política por el control del relato institucional.