Estos son los verdaderos 'sabotajes' que sufren a diario los españoles.
Como les auguraba el otro día, nunca sabremos las verdaderas causas del apagón del lunes aciago que dejó a España y Portugal en la más completa oscuridad; ni siquiera la verdad sobre los motivos de que, día sí, día también, se colapsen los transportes por ferrocarril y las estaciones se conviertan en algo así como campos de refugiados, atestados de españolitos cabreados o trasmutados en pacientes reses de cabaña vacuna, según los caracteres de cada cual.
Aunque todas las declaraciones de los políticos del Gobierno empiezan, ineludiblemente, aludiendo a la objetividad de las investigaciones, a la probada sapiencia y buen hacer de los responsables de cada ramo y a la constante formación de “comisiones de expertos” (¿les suena el timito?), de vez en cuando sueltan aquello tan peliculero de que “se están contemplando todos los posibles escenarios”, y se les escapa una faceta paranoide: ciberataque, que insinuó Pedro Sánchez como posibilidad el día de las linternas o sabotaje, según feliz expresión del Sr. Óscar Puente, aquel que aclamaba a su jefe llamándole “puto amo”.
No soy psiquiatra para diagnosticar a esos chicos; me he conformado con una apresurada consulta a mi biblioteca y, cómo no, al inefable Google, y se me sugieren una serie de términos para el diagnóstico: esquizofrenia paranoide, trastorno delirante, distorsión de la realidad, problemas de ansiedad…, pero me quedo con los más vulgares: inseguridad y miedo.
Lanzada a procurarse kits de supervivencia, a construirse refugios subterráneos...
Numerosos comentaristas políticos europeos han afirmado que un recurso de los llamados —sin oxímoron— “totalitarismos democráticos” es provocar el miedo en las poblaciones, con el fin de asegurarse la docilidad y la sumisión de la ciudadanía; si a esta estrategia le sumamos la estulticia de una gran parte del género humano, esa que está lanzada a procurarse kits de supervivencia, a construirse refugios subterráneos o a enterarse cómo demonios se potabiliza el agua o sencillamente cómo se ponen las pilas a una linterna manual, tenemos un cuadro que coincide con esas tendencias paranoides que mencionaba.
Sería curioso el efecto contagio, es decir, que los que procuran crear esas sensaciones en la población adolecieran de los mismos síntomas, ya no como recurso del Sistema sino como verdaderas enfermedades personales adquiridas en los despachos que usufructúan.
Posiblemente no es así, sino que las intenciones políticas reales van por otro camino: echar la culpa a ese omnipresente y peligrosísimo “fascismo” que conspira sin parar y amenaza con echar por tierra los benéficos proyectos de los políticos, tendentes a lograr la más completa felicidad de sus votantes y, de paso, para convencer de que los voten los más recalcitrantes.
Según la ventana de Óverton, ya no llaman demasiado la atención de los públicos.
Sea como sea, lo cierto es que la literatura distópica va ganando adeptos día a día, al confrontar la imaginación más granada de los novelistas con la cruda realidad; quedan atrás Un mundo feliz, 1984 y demás clásicos del tema, muchas veces porque se han convertido en noticias de actualidad y, según la ventana de Óverton, ya no llaman demasiado la atención de los públicos.
Los que, ni por asomo, somos conspiracionistas ni vemos la maléfica mano de Satanás en los sótanos de La Moncloa o en Bruselas (bastante trabajo tiene con envenenar televidentes de los “programas de bragueta” o inutilizar a las futuras generaciones con la pornografía, las drogas o el presentismo) estamos escamados y constantemente en posición de prevengan, por si acaso.
Porque las distopías ya están entre nosotros. Mencionemos de pasada la injusticia social, los trabajos precarios, las colas del paro… y del hambre, la carestía de la vivienda, las constantes subidas de la bolsa de la compra; añadamos la mentira institucionalizada, las truculencias para evitar la acción de los tribunales, las manipulaciones informativas, el evidente fracaso de un sistema educativo…; y, en el caso concreto de España, la insolidaridad territorial, la disgregación nacional y los supremacismos, la demonización del patriotismo, el entreguismo del Gobierno español a quienes precisamente no se consideran españoles, la amenaza de un confederalismo en puertas como aval de las separaciones…
Una nación que ha perdido su pulso y vagabundea por la historia.
Estos son los verdaderos sabotajes que sufren a diario los españoles, no el de los apandadores del cobre o el de los rateros que proliferan en nuestras calles; y, en cuanto al ciberataque, nos preguntamos quién puede tener interés en llevarlo a cabo sobre una nación que ha perdido su pulso y vagabundea por la historia actual sin orden ni concierto.
Desestimemos, pues, la consulta del psiquiatra o el peliculero diván del psicoanalista: acudamos al necesario rearme moral, espiritual y político, cada uno en el fondo de su corazón y de su inteligencia. Y sepamos hermanarnos en España para lograr ese proyecto común ilusionante del que carecemos por completo.