La baliza V-16 y la tentación del control del pensamiento moderno
La obligatoria baliza V-16 sirve aquí de detonante para una reflexión inquietante: entre la seguridad vial y el control ideológico, el autor narra una pesadilla que roza la sátira y la ciencia-ficción política.
Seguridad vial, obediencia y pensamiento crítico
Como todo conductor obediente —aunque no sumiso— he adquirido la baliza V-16 y la llevo de servicio en la guantera de mi vehículo. Y, como cualquier ciudadano que se precie, no he dejado de cuestionarme personalmente su presunta eficacia, sus riesgos y la razón de ser de su obligatoriedad, aunque “de momento” (Marlaska dixit) no se aplicarán sanciones a los díscolos o despistados y sí “advertencias”.
He leído sobre su presunta eficacia, de la que no puedo dudar por sistema, y también sobre sus posibles inconvenientes; espero, en definitiva, no tener que hace uso del dispositivo que dicen está conectado ipso facto a la DGT y a los servicios de ayuda en carretera; por si acaso, dada la última concesión de las autoridades, no me he desprendido de los triángulos…
Ese cuestionarme esa estricta imposición para los vehículos españoles obedece a haber sido educado, ya de jovencito, en el pensamiento crítico y no en la docilidad mayoritaria; también tengo curiosidad por saber la rentabilidad económica de las empresas fabricantes y quiénes figuran en sus consejos de administración, pero quizás esto sea lo de menos con la que está cayendo.
De la baliza reglamentaria a la pesadilla distópica
Resulta que, con todo ese lío, he sufrido una pesadilla cuyo protagonismo corresponde a la baliza de marras; habrá quien la achaque a una digestión pesada en los días señalados y ya felizmente transcurridos, en los que, si hacía uso del automóvil, me cuidaba muy mucho de trasegar bebidas espirituosas y no solo por temor a los controles.
El argumento de mi mal sueño consistía en que todos los españoles teníamos instalada en nuestro interior una baliza luminosa, acoplada en todo momento a los centros del Poder establecido, a modo de vigilante perpetuo del despotismo democrático (Tocqueville) para controlar qué decimos y qué pensamos en cada momento sobre el presente o sobre el pasado, incluso, ya que, según Gramsci, el primero comprende al segundo.
Se encendía esa baliza mental, en primer lugar, ante pensamientos u opiniones que versaban sobre las minorías (homosexuales, transexuales…), aunque no presidiera el hecho ninguna mala intención y tan solo un carpetovetónico animus iocandi, en formato de chista o de exclamación non sancta; lo mismo ocurría si un asomo de idea fugaz se refería al bello sexo; en el primer caso, la señal de alarma de la terminal llevaba el letrero de homofobia y, en el segundo, de machismo, ambos causantes de sanciones.
Vigilancia ideológica, historia y lenguaje bajo sospecha
No digamos si a la mente le daba por elucubrar sobre los riesgos de la islamización de Europa o, en clara consonancia con un feminismo serio y racional, sobre el papel de la mujer en aquellos países o lugares donde imperase la sharía; el letrero acusador de la terminal marcaría indudablemente señales de islamófobo: En todos estos casos, el departamento gubernativo a donde llegaría la señal tenía en su frontispicio, en letras de imprenta, el rótulo de “Despierta”, es decir, woke.
La señal de alarma luminosa y giratoria detectaría asimismo pensamientos o diálogos relativos a la historia de España, con especial gravedad si se referían a la reciente la del siglo XX, especialmente —en la que el durmiente vivió en su primera juventud— y no coincidían con las narraciones canónicas y oficiales; también, si se remontaban a otras épocas más lejanas, como las que han llevado, en la realidad, a menospreciar y silenciar efemérides cercanas a los primeros días del año, como la rendición de Granada o la triunfal entrada de los Reyes Católicos en esta ciudad. En mi pesadilla, existía asimismo un departamento de indigenismo, dedicado a controlar cualquier glosa del descubrimiento e hispanización de América.
En lo tocante al pensamiento político más concreto, la baliza detectaba como falta o delito (según la gravedad) lo que se aproximara a los calificativos de ultraderechista o fascista; si se hilaba muy fino, hasta la mención de la palabra España hacía sonar la alarma, porque se eludían intencionalmente los sencillos vocablos de este país o de Estado español. En mi pesadilla, se daba a entender que las terminales de las balizas habían sido transferidas a las comunidades autónomas y se detectaban alarmas cuando alguien se empecinaba en hablar en el castellano español común, en lugar de hacerlo en las lenguas autóctonas, variantes o dialectos proclives a otorgar el título de nacionalidad sin paliativos.
Religión, educación y el despertar de la duda final
Funcionaba también la baliza en lo tocante a la religión —acaso por la pertinacia reciente de omitir la palabra Navidad en determinadas instituciones públicas y privadas—; en este aspecto, sin embargo, se hilaba con más finura y comprensión, siempre que los pensamientos y creencias no traspasaran el ámbito de lo más íntimo y privado; en caso de duda, se acudía a una reunión urgente con la Conferencia Episcopal Española, por si era necesaria alguna forma de chantaje o combalache con el Poder.
Las balizas también estaban instaladas en los domicilios, por aquello de los abusos del heteropaternalismo, y en los centros escolares, no fuera que algún profesor se extralimitara en su aula y exigiera ser reconocido como auctoritas ante los alumnos.
Desperté por fin, sudoroso, sobresaltado por la pesadilla. Por si acaso, bajé a mi plaza de aparcamiento y comprobé que la baliza V-16 de reglamento estaba en su sitio y era inofensiva —de momento— salvo en caso de avería mecánica del vehículo. Me queda la duda si se trataba de un sueño o de unos apuntes prometedores para escribir un relato de ciencia-ficción.