Cuando cae un dictador y no lo podemos celebrar
La caída de Maduro es motivo de alivio y esperanza, pero no de celebración plena. Nada garantiza aún la recuperación democrática de Venezuela y todo indica que a Trump le mueven menos la defensa de las libertades que sus intereses económicos y estratégicos, en sintonía con Rusia y China.
La caída que no es victoria
La captura de Nicolás Maduro por parte de la Administración Trump se ha presentado como un hito histórico. Sin duda, los venezolanos y todos los demócratas se alegran de la detención del principal responsable del exilio de millones de conciudadanos, de la represión del pueblo, de la destrucción de la economía y de la implantación de un régimen de corrupción y clientelismo con ramificaciones internacionales.
Sin embargo, es posible que no estemos asistiendo al triunfo de la democracia venezolana, sino a un movimiento cuidadosamente incardinado en un plan previo, probablemente pactado con una parte del propio chavismo. Un plan en el que la prioridad no es la libertad política ni la restitución institucional, sino la continuidad del poder real a cambio de petróleo, estabilidad aparente y ventajas económicas. En este tablero, la democracia es secundaria, Europa resulta irrelevante y el derecho internacional, sencillamente, inexistente
Asistimos, además, a un reparto estratégico de las áreas de influencia del poder global entre Estados Unidos, Rusia y China. Las relaciones internacionales se alejan cada vez más de la Carta de las Naciones Unidas y de los marcos de actuación multinacionales: prima el uso de la fuerza y la negociación de hechos consumados por parte de las tres grandes potencias, en defensa de intereses que poco o nada tienen que ver con los de la humanidad. Es un claro retroceso histórico, agravado por una Europa que paga hoy su incapacidad para constituirse como un verdadero sujeto político. No se avecinan buenos tiempos.
Por qué el poder decide antes que la legitimidad
El punto de partida, por incómodo que resulte, es asumir que la caída de Maduro no ha alterado de inmediato la correlación real de fuerzas en Venezuela. El entramado que sostuvo al régimen —militar, policial y administrativo— sigue en pie, y en contextos de ruptura frágil quienes marcan el paso inicial no son los actores con mayor legitimidad democrática, sino aquellos capaces de garantizar, o sabotear, un mínimo de orden.
Desde esa lógica se explica que los primeros interlocutores no sean los líderes de la oposición civil, sino figuras aún insertas en el aparato chavista. Delcy Rodríguez no representa un proyecto de renovación ni una alternativa democrática, pero sí un nodo funcional del sistema: conoce su funcionamiento, mantiene vínculos con las fuerzas armadas y los servicios de seguridad y puede facilitar una transición sin estallidos inmediatos de violencia. No es una cuestión de confianza política, sino de cálculo operativo: sin cierta continuidad del Estado, el país correría el riesgo de una parálisis súbita.
En ese mismo marco se entiende la ausencia inicial de María Corina Machado. Su liderazgo encarna la ruptura y el cambio, pero carece de capacidad coercitiva y de control territorial. Precisamente por ello es percibida como una amenaza existencial por los sectores duros del chavismo, lo que haría inviable cualquier negociación temprana. Edmundo González, por su parte, cumple un papel distinto: simboliza el consenso civil y la representación política, pero no dispone de los resortes necesarios para gestionar una fase aún dominada por la incertidumbre y el riesgo de desorden.
Las salidas de regímenes autoritarios rara vez siguen el orden que dicta el deseo democrático. Primero llega la contención del caos y la preservación mínima del Estado; después, el reajuste del poder con la entrada progresiva de actores civiles; y solo al final, la legitimación plena mediante elecciones y liderazgo representativo. Confundir la caída de un líder con la transformación inmediata del sistema es un error comprensible, pero peligroso. La democracia, en estos escenarios, no nace al inicio del proceso, sino que se conquista al final.
El precio geopolítico de la “estabilidad”
Hoy ha caído un dictador, pero eso no significa que haya vencido la democracia. Si lo que se impone es una transición tutelada por los intereses de las grandes potencias, pactada con el chavismo corrupto y el estamento militar, el resultado será estabilidad sin libertad y orden sin justicia. España, atrapada entre silencios incómodos y mediaciones opacas, y Europa, irrelevante como actor político, han sido incapaces de ofrecer una alternativa creíble. No sería extraño que, con el tiempo, los trapos sucios —también los de Zapatero y compañía— terminen saliendo a la luz y expliquen este penoso papel.
La lógica que hoy se impone en Venezuela es la misma que recorre el mundo: primero el control, luego el reparto y solo al final, si conviene, la legitimación. Hoy se habla con Delcy. Mañana, quizá, con civiles. Pasado mañana, con el país. No es cinismo, es la mecánica real del poder. Por eso, aunque haya caído un dictador, no podemos —todavía— permitirnos celebrar. La historia, una vez más, no empieza donde quisiéramos, sino donde la dejan empezar quienes mandan.