La narrativa del opresor-oprimido como táctica de manipulación social.
La teoría del opresor y oprimido, desarrollada por Paulo Freire en el marco de la educación liberadora y la búsqueda de una conciencia crítica, tiene como objetivo visibilizar las dinámicas de dominación y promover la emancipación de los sectores marginados mediante el diálogo y la acción transformadora.
Sin embargo, cuando esta teoría se saca de su contexto original y se aplica de forma indiscriminada en otros ámbitos sociales, políticos o culturales democráticos, corre el riesgo de convertirse en una herramienta de manipulación social. En esos casos, la complejidad de las relaciones sociales se reduce a una división rígida entre opresores y oprimidos, lo que se usa como una táctica para polarizar, dividir y controlar grupos, transformándose en un mecanismo de manipulación ideológica.
En algunos casos, esta lógica binaria se ha utilizado para justificar nuevas formas de autoritarismo bajo la apariencia de luchas liberadoras. Cuando se lleva al extremo esta estructura dual, se vuelve una lógica peligrosa que puede erosionar principios fundamentales como el pluralismo, la autonomía individual y el debate democrático. Si la legitimidad de un discurso se mide solo por su supuesta representación de "los oprimidos", se abre la puerta a la inmunidad ideológica: cualquier acción, por más violenta, excluyente o coercitiva que sea, puede ser justificada en nombre de una causa superior.
La figura del "líder salvador", que habla en nombre de los “colectivos oprimidos”, suele consolidar un poder incuestionable.
En la práctica, esta narrativa ha sido utilizada por movimientos nacionalistas y sectores ideologizados de la política contemporánea para construir estructuras autoritarias disfrazadas de liberación. La figura del "líder salvador", que habla en nombre de los “colectivos oprimidos”, suele consolidar un poder incuestionable, mientras que sus opositores son tachados de enemigos o agentes del sistema. De esta forma, la distinción original de Freire entre opresor y oprimido, que tenía un sentido pedagógico y emancipador, puede ser manipulada como un recurso para polarizar moralmente. Se difumina entonces la diferencia entre justicia y venganza, entre crítica y disidencia, entre emancipación y sometimiento.
A lo largo de la historia, algunos actores políticos o sociales han usado a las minorías presentándolas como colectivos oprimidos, no para generar cambios reales, sino como estrategia para captar votos y apoyo popular. Al transformar las luchas legítimas de estos grupos en herramientas electorales o de poder, se corre el riesgo de vaciar sus demandas de su verdadero sentido. Más que buscar justicia o igualdad, se aprovecha la identificación con la causa para ganar simpatías y mantener o ampliar el control político. Esta táctica genera expectativas que muchas veces no se cumplen y, al final, profundiza la desconfianza hacia las instituciones y los movimientos sociales mismos.
Desde una perspectiva filosófica, esto remite al problema del esencialismo moral: la idea errónea de que ciertas categorías sociales tienen una virtud inherente o conciencia política natural solo por estar en una posición de desventaja. Esta premisa ignora la diversidad interna de los sectores populares, que no siempre comparten los valores progresistas o emancipadores que ciertas élites intelectuales les atribuyen. También niega la capacidad de agencia individual y la existencia de formas de opresión que no encajan en el esquema binario clásico.
En un contexto democrático, la teoría del opresor-oprimido no puede basarse en una verdad única.
Desde el punto de vista social, esto plantea un desafío importante para las prácticas de formación crítica. Si la teoría se convierte en una repetición dogmática de binarismos ideológicos, deja de ser un espacio para el cuestionamiento profundo y se transforma en una especie de catequesis política. La narrativa de Freire pierde su capacidad de transformación cuando se impone una sola manera de entender la realidad, sin permitir que la sociedad desarrolle su propio juicio, con sus matices, contradicciones y búsquedas personales. En un contexto democrático, la teoría del opresor-oprimido no puede basarse en una verdad única.
Este discurso puede cristalizar identidades de víctimas, dificultar la reconciliación social y alimentar ciclos de resentimiento. La exaltación constante del conflicto puede generar una cultura de enfrentamiento permanente, donde no hay espacio para la cooperación ni el reconocimiento mutuo. En lugar de construir una sociedad más justa, se corre el riesgo de instaurar un estado de guerra simbólica constante, en el que toda diferencia es sospechosa y toda crítica es vista como una traición.
Por todo lo anterior, es indispensable cuestionar críticamente el uso instrumental de la teoría del opresor-oprimido en democracia y entender que la lucha por la justicia social no puede basarse en simplificaciones morales, sino en un análisis complejo, ético y plural de las dinámicas de poder. Solo así evitaremos que el discurso de liberación se convierta en un nuevo lenguaje de dominación, y que las promesas de emancipación terminen siendo el rostro amable de un nuevo autoritarismo.