Primeras enemistades con Inglaterra: invasiones, desembarcos y derrotas.
España e Inglaterra mantuvieron desde la Edad Media una rivalidad marcada por la piratería, la ruptura religiosa y los enfrentamientos navales, con invasiones hispanas en suelo británico y derrotas decisivas para Londres.
Serie Hispanidad y leyenda negra. Entrega XXXIV
Piratería, religión y el origen del conflicto
La enemistad de España con Inglaterra tiene dos causas principales. La primera fue la piratería, que se convirtió muy pronto en la actividad económica más importante de los británicos. La segunda, la ruptura con la Cristiandad católica y la adopción de una visión protestante del mundo, centrada en el calvinismo tras la separación de Enrique VIII del Papa.
Desde entonces, esta visión religiosa entendió la riqueza como signo de predestinación —Dios habría venido al mundo a salvar solo a los ricos— y sostuvo que la fe, sin obras, bastaba para la salvación. Resulta paradójico, pues Inglaterra había sido cristiana como parte del Imperio romano, y España intentó mantenerla en la fe católica mediante el matrimonio de Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, con Enrique VIII.
Aunque el monarca inglés la repudió en 1533, el matrimonio dio lugar a una hija, María Tudor, quien al casarse con su primo Felipe II convirtió a este en rey consorte de Inglaterra entre 1554 y 1558. Tras la muerte de María, quedó claro que la ruptura con la Cristiandad católica marcaría decisivamente la historia inglesa hasta nuestros días.
Las primeras incursiones españolas en Inglaterra medieval
Existe una tendencia histórica —reforzada por la propaganda cinematográfica— a presentar a Inglaterra como un territorio inexpugnable. Sin embargo, la realidad es distinta. España no solo la desafió en los siglos XVI y XVII, sino que comenzó a atacarla ya entre 1374 y 1379.
Durante esos años, los almirantes Sánchez de Tovar y Pero Niño desembarcaron en ciudades como Dover, Folkestone, Plymouth o Dartmouth. Incluso remontaron el Támesis hasta Gravesend, a la vista de Londres, sin que los ingleses pudieran impedirlo, llegando en ocasiones a incendiar las poblaciones. Episodios como la batalla de La Rochela confirman la vulnerabilidad inglesa en este periodo.
Estos hechos desmontan el mito de una Inglaterra inviolable y muestran la temprana proyección naval y militar de la Monarquía Hispánica en el Atlántico norte.
Las invasiones de los Siglos de Oro
Durante los Siglos de Oro se produjeron varias expediciones hispanas contra territorio británico. La primera tuvo lugar en Smerwick, Irlanda, en 1579; la segunda en Cornualles, en 1595; y la tercera consistió en diversas incursiones entre 1596 y 1597. A ellas se suma la expedición irlandesa de 1601-1602, ya descrita en la entrega anterior.
La campaña de Smerwick respondió a motivos religiosos: la persecución protestante inglesa contra los católicos irlandeses. James Fitz Maurice viajó a Roma para obtener una bula papal. Con ayuda italiana, reunió tropas que sufrieron graves pérdidas al atravesar Galicia, lo que llevó al Papa a solicitar apoyo a Felipe II. Este aportó, con escaso entusiasmo, 400 hombres, además de armas para unos 4.000 rebeldes.
La expedición, dirigida por Juan Martínez Recalde, fracasó por la falta de apoyo local. Tras casi un año de asedio, los supervivientes capitularon en 1580. Walter Raleigh ordenó su ejecución, salvo una veintena rescatada mediante pago.
Cornualles, Calais y la guerra naval
En 1595, España utilizó Brest y el cercano puerto de Blavet como bases logísticas. Desde allí, Felipe II apoyó al aspirante católico al trono francés y lanzó ataques navales contra Inglaterra mediante flotillas de galeras ligeras.
En julio de ese año, cuatro galeras al mando de don Carlos de Amézola desembarcaron en Cornualles. Saquearon e incendiaron la región, tomaron Penzance y Newlyn, capturaron tres mercantes cargados de riquezas y regresaron sin sufrir ataques, pese a la presencia de 1.400 milicianos ingleses.
Posteriormente, el capitán Martín de Oleaga repitió las incursiones con solo dos pataches. Como respuesta, Inglaterra buscó una alianza con los hugonotes franceses, pero fracasó ante la eficaz defensa española, tanto terrestre como naval. En 1596, los españoles llegaron a ocupar el puerto y la ciudad de Calais.
Ese mismo año, se organizó una gran flota de más de cien buques, al mando de Martín de Padilla, con 12.000 hombres destinados a Irlanda. Las tormentas frente a Galicia provocaron la pérdida de 32 naves y 2.000 hombres, pero Inglaterra ni siquiera detectó la operación, enviando su flota a las Azores en un intento fallido de interceptar los galeones españoles.
Irlanda y el desgaste del poder inglés
En Irlanda, los españoles lograron controlar cinco puertos en poco tiempo, desgastando considerablemente a las tropas inglesas. La propia Isabel I reconocía que estas campañas suponían un grave agujero en las arcas del Estado.
Aunque no todas las expediciones fueron triunfales, en al menos tres ocasiones los españoles alcanzaron tierras británicas sin sufrir una sola baja, demostrando su superioridad operativa y naval.
1780: la gran humillación británica
Una de las más brillantes victorias españolas contra Inglaterra tuvo lugar en 1780. El canal Manterao, en YouTube, relata este episodio decisivo. Un convoy británico de 55 barcos cruzaba el Atlántico confiado, cuando fue interceptado por la flota española al mando de Luis de Córdoba y Córdoba, con 27 navíos, frente al cabo de Santa María.
El 9 de agosto, ocultos por la niebla, los españoles fueron confundidos con la escolta británica. Cuando los ingleses se percataron del error, ya estaban rodeados. Sin disparar un solo cañón, se rindieron: 55 barcos capturados, 3.000 prisioneros, armas, oro y provisiones, con un botín valorado en 1,6 millones de libras.
Fue la mayor pérdida naval británica en una sola acción durante el siglo XVIII. El golpe debilitó a Inglaterra en América y la India, sacudió su bolsa y hirió su orgullo. Sin fuego ni sangre, el sevillano Luis de Córdoba selló una hazaña que asombró al mundo naval.