La huella del sionismo: religión, historia y poder en el mundo contemporáneo.

La vida humana se desarrolla en sociedad, regida por una moral o conjunto de ideas rectoras. Durante siglos, la religión ha vertebrado esa ideología común. En los últimos quince siglos, tres grandes credos monoteístas han marcado el rumbo de la civilización: judaísmo, cristianismo e islamismo​.

Serie Hispanidad y leyenda negra. Entrega XXXI

Tres religiones y un mundo dividido

Dejemos aparte las religiones orientales, más lejanas a nuestra cultura, y centrémonos en las tres que han configurado el mundo occidental. De ellas, el islamismo, surgido seis siglos después del cristianismo y emparentado con el abrahanismo —descendientes de Ismael—, nació con un fuerte espíritu de revancha. Su primer precepto, la yihad o guerra santa contra los infieles, considera reos de muerte a todos los que no profesen su fe.

El judaísmo, o sionismo, es la más antigua de las tres y su historia se confunde con la del pueblo judío, relatada en la Biblia. El término procede de Sion, símbolo y metáfora de la patria anhelada, que en distintos momentos de la historia ha designado tanto la colina oriental de Jerusalén como la occidental. Allí se alzaba el Templo de Salomón, que guardaba en el Arca de la Alianza las Tablas de la Ley entregadas por Dios a Moisés en el monte Sinaí. Para el pueblo judío, tantas veces errante, Sion representaba el punto de retorno, la tierra prometida.


Orígenes bíblicos del pueblo de Israel

El pueblo de Jacob, hijo de Isaac, dio origen a las doce tribus de Israel. Su historia comienza lejos de su tierra, en Egipto, donde José —penúltimo hijo de Jacob— fue vendido por sus hermanos y llegó a convertirse en gobernador tras interpretar los sueños del faraón. Cuando el hambre asoló la región, llamó a su familia a Egipto, y allí prosperaron durante generaciones hasta alcanzar una población de más de 600.000 almas. Esclavizados por los egipcios, fueron liberados por Moisés tras las diez plagas, según narra el Éxodo. Durante cuarenta años vagaron por el desierto, castigados por su idolatría, pero alimentados por el “maná” divino, antes de alcanzar la Tierra Prometida.

Esa fue solo la primera de las calamidades que sufrió el pueblo de Israel. Tras la destrucción del Imperio romano, llegó la diáspora: los judíos volvieron a dispersarse, alimentando durante siglos la esperanza del retorno a Sion. Después del Holocausto, que costó la vida a seis millones de judíos, Inglaterra favoreció en 1948 su asentamiento en Palestina, cumpliéndose el viejo sueño del regreso a la tierra ancestral.


De Mesías a Sionismo

Según las profecías, el Mesías debía nacer de la estirpe de David. Sin embargo, cuando Jesús proclamó venir a salvar a todos los hombres, fue rechazado por los suyos y crucificado. Desde entonces, el judaísmo no lo reconoció como Mesías, manteniendo su esperanza en otro enviado. Con el tiempo, esa aspiración derivó en una idea colectiva de predestinación: la de ser el pueblo elegido y llamado a guiar la historia.

El sionismo moderno, que comenzó a tomar forma en el siglo XIV y se consolidó a finales del XIX con Theodor Herzl, se apoyó en la idea de que el retorno a Palestina era un mandato divino. Su auge coincidió con el desarrollo del protestantismo calvinista, que veía en la riqueza un signo de predestinación divina. De ahí la tradicional relación entre el judaísmo y las finanzas: “prestarás al extranjero, pero no a tu hermano”, dice el Deuteronomio.


La guerra y la diáspora moderna

Tras la creación del Estado de Israel y sus victorias militares en las guerras del siglo XX, el pueblo judío consolidó su presencia en Oriente Próximo, pero también intensificó su conflicto con los pueblos árabes. Hoy, los territorios palestinos viven una situación de tensión permanente. Ariel Umpiérrez y el coronel Pedro Baños señalan que una parte importante de la sociedad israelí apoya una política más dura hacia Palestina, mientras otra teme una espiral de violencia sin fin.

Los apoyos al sionismo llegan también desde sectores evangélicos estadounidenses —unos 70 millones de fieles— que, herederos de Lutero y Calvino, sostienen una visión donde el éxito económico simboliza la gracia divina. El dinero, la fe y el poder político se entrelazan en una compleja red de intereses que abarca desde la industria armamentística hasta la influencia mediática.


Geopolítica y poder internacional

Desde 1945, Europa vive bajo la tutela de Estados Unidos, con bases militares, bombas nucleares y una dependencia estratégica que condiciona su política exterior. La guerra de Ucrania y los conflictos de Oriente Medio han acentuado esa subordinación. En Israel, los asentamientos en Cisjordania superan los 400.000 colonos, y la convivencia con los dos millones de palestinos es cada vez más tensa. Más de medio millón de israelíes se han marchado desde el 7 de octubre, mientras millones de palestinos sobreviven hacinados en Gaza y Rafah.

El primer ministro Netanyahu invoca antiguas profecías para justificar su política de guerra, y algunos analistas advierten de un futuro incierto para Israel si persiste la escalada bélica con Irán y el aislamiento internacional.


Entre historia, religión y poder

La mezcla de religión, economía y política explica buena parte de las tensiones actuales. El viejo sueño de un “gran Israel”, que abarcaría desde el Nilo hasta el Éufrates, alimenta las sospechas de sus detractores y las esperanzas de los más ortodoxos. En los años ochenta, la creación del Sanedrín —un consejo de setenta rabinos— reforzó el carácter teocrático del Estado.

Por su parte, Europa asiste a una transformación demográfica y cultural sin precedentes, con una inmigración masiva que algunos interpretan como un proceso de descristianización. En medio de ese panorama, el judaísmo contemporáneo se debate entre la fe, la identidad y la secularización: cerca de la mitad de los judíos actuales se declaran ateos.


Conclusión

La historia del pueblo judío es una sucesión de promesas, destierros y retornos. Su influencia en la religión, la economía y la política mundial es indiscutible, como también lo son sus contradicciones internas. Entre la fe mesiánica y la realidad geopolítica, el sionismo sigue siendo uno de los fenómenos más complejos y determinantes de la historia moderna. Entenderlo exige mirar más allá de la religión o la política: hacia la trama profunda de un pueblo que, pese a las heridas del tiempo, ha mantenido viva su idea de destino.