El relato y la falsificación de la historia: la batalla por la Hispanidad

La manipulación del pasado y la pérdida de una moral común han deformado la memoria de España y de la Hispanidad. Juan Manuel de Prada lo denuncia en su novela 'Mil ojos esconde la noche', donde la verdad histórica se enfrenta al relato ideológico.


Entrega XXX de la serie Hispanidad y leyenda negra. Artículos anteriores.


El poder del relato y el miedo al compromiso

Quien tiene el relato sobre el pasado, construye el presente. La tergiversación de la Historia y la pérdida de la moral son los dos elementos que han hundido los ideales de la Hispanidad y ya llevamos así dos siglos. Lo advertía Juan Manuel de Prada en una reciente entrevista en el canal de vídeo A la de tres: Las falsificaciones de la memoria histórica que promueve la izquierda, las fomenta la derecha

Nuestra derecha se avergüenza de que sus padres fueran franquistas. Así llevamos medio siglo: desde Fraga, que lo llamó centramiento, pasando por Aznar, que en 2004 condenó por escrito el franquismo y proclamó su viaje hacia el centro, hasta Feijóo, que repite eso de ni izquierda ni derecha. El miedo al compromiso se ha convertido en el principal instrumento de control social.

En su novela Mil ojos esconde la noche —dos tomos de ochocientas páginas— De Prada aborda la vida de los escritores y artistas exiliados en Francia tras la guerra civil. Muchos colaboraron con Falange, que tenía delegación abierta en París. El autor lo acredita con fotografías y documentos franceses y catalanes, porque, verdaderamente, quienes rescriben la Historia son los que la han falsificado.


Francia, maestra en mentir al mundo

Francia es un buen ejemplo de ello. Tras rendirse a Alemania en apenas dos meses, la mayoría de los franceses fueron colaboracionistas. Débiles con el fuerte y fuertes con el débil. Después de la guerra presumieron, De Gaulle especialmente, de estar entre los vencedores. Todo lo de la Resistencia fue un chiste, y gracias a ese engaño hoy Francia ocupa un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Mientras tanto, el trato que dieron a los exiliados españoles y a los judíos fue vergonzoso: los usaron como esclavos en el campo, los internaron en campos de concentración o los enviaron a luchar. Francia es, sin duda, el mayor ejemplo de mentir al mundo, ocultando y tergiversando lo sucedido.


El relato como herramienta de poder

En España hemos vivido un proceso similar. En pocas décadas, una sociedad tradicional ha aceptado sin resistencia el divorcio, el aborto, el matrimonio homosexual o la ley trans. Quien se aparte de ese discurso oficial pasa a ser un apestado. Así, el relato yankee se ha impuesto en nuestra conciencia.

El poder político ha sustituido la verdad por ideología. Zapatero, con su Ley de Memoria Histórica de 2004, buscó un solo objetivo: condenar a Franco, a quien el historiador Pío Moa considera el gobernante mejor que ha tenido España en siglos. Hemos de contemplar la historia con la pasión de la verdad, despreciando los relatos diseñados para falsearla.

Nuestra izquierda presume de demócrata cuando ha cometido todos los magnicidios: Prim, Cánovas, Canalejas, Dato, Carrero Blanco, además de los atentados contra Alfonso XIII, Maura o Aznar. Votaron contra el voto femenino en 1934 y fueron responsables de más de cien mil asesinatos de civiles durante la guerra del 36.


Exilio, colaboración y verdad incómoda

La novela de De Prada está minuciosamente documentada. Habla del pintor Manuel Viola, que presumía de antifranquista y resistente, aunque su biografía era falsa. También de los artistas españoles residentes en París que colaboraron con Falange. Solo Picasso actuó por libre: colaboraba consigo mismo. Era millonario, el número uno del mundo. Hitler fue incluso aconsejado para dejarle actuar en París, espejo propagandístico de Alemania.

Picasso no fue político hasta después de la guerra, cuando se afilió al Partido Comunista para congraciarse con Rusia, la verdadera vencedora, pese a las peliculitas del desembarco de Normandía. España, al contrario, nunca hizo cine histórico; ni siquiera Franco.

El doctor Gregorio Marañón ofrece otro ejemplo. Republicano liberal en su juventud, defendió la eugenesia y la eutanasia, pero pronto se decepcionó. En 1937 se exilió a Francia y denunció que en el bando republicano dominaban el proletariado y el anarquismo, mientras en el franquista coexistían carlistas, monárquicos, liberales y católicos.

En enero de 1939 recibió al embajador Lequerica para mostrarle su adhesión al Caudillo, y en 1941 pronunció en los Campos Elíseos, el Día de la Raza, un discurso ante dos mil personas —nazis incluidos— donde afirmó: Para mí la raza española no es la etnia, sino la lengua. También elogió la contribución sefardita a la cultura española. No se hizo fascista: siguió siendo él mismo. Esa conferencia, más heroica que la de Unamuno, fue silenciada por vergüenza, falsificando la historia para situar a Marañón en una supuesta tercera España.


Ideologías contra el sentido común

Vivimos en una sociedad fanatizada. Las ideologías nos están destruyendo. Hoy aceptamos cosas tan delirantes como que un hombre barbudo pueda declararse mujer en el registro civil. Las cabezas moldean una realidad ficticia que niega la evidencia. Paul Valéry lo advirtió: La gente se preocupa de lo que no sabe y se despreocupa de lo que le afecta.

Los pobres políticos —cree la gente— no pueden evitar nuestra ruina, pero sí detener el cambio climático. Chesterton lo resumió: Habrá que sacar la espada para defender que la hierba es verde. Ese momento ha llegado.

A pesar de todo, la naturaleza humana no cambia. Seguimos amando, queriendo formar familias, transmitir valores y construir comunidades donde se respete la vida. Pero la ingeniería social ha avanzado mucho y el reto es inmenso.


Fe, derrota y esperanza

J. R. R. Tolkien escribió en 1956: Soy cristiano; no espero que la historia sea otra cosa que una larga derrota, aunque después venga la victoria final. De Prada considera inexacta esa visión. Aunque la gran apostasía y la tribulación precedan al final de los tiempos, no debemos confundir la crisis actual de la Iglesia con el fin del mundo.

Nuestra tarea es mantenernos en la lucha hasta el último aliento, con ese pesimismo esperanzado que confía en la victoria final y en la dignidad del ser humano.

Como dijo el dominico Garrigou-Lagrange: La Iglesia es intransigente en los principios porque cree, y transigente en la práctica porque ama. El mundo es transigente en los principios porque no cree, e intransigente en la práctica porque no ama.

Esa es la esencia de la fe católica y del pensamiento tradicional. Y es, también, la única defensa posible frente a las falsificaciones del relato y la manipulación de la historia que nos impiden ser quienes verdaderamente somos.