El desastre de la Contra Armada: la mayor victoria de España sobre Inglaterra.
Entrega XXVIII de la serie Hispanidad y leyenda negra. Artículos anteriores.
El contexto
Jacobo I de Inglaterra se vio obligado a firmar el Tratado de Londres en 1604. Dos episodios fueron claves: primero, la célebre “Armada Invencible”, oficialmente llamada La Gran y Felicísima Armada. Luego, menos recordado, el cataclismo sufrido por la Contra Armada (la expedición Norreys‑Drake), cuya intención era erigir a Inglaterra como primera potencia europea. Este fracaso ha sido deliberadamente borrado de la historiografía inglesa… y, por sorprendente que parezca, también algo olvidado entre nosotros.
Hoy rescatamos la Contra Armada: una epopeya de ambición militar, traiciones, errores garrafales… y, al final, una victoria decisiva para España.
El origen de la ofensiva
En 1588 la Gran Armada española fracasó en su intento de destronar a Isabel I. Las tempestades se la llevaron en aguas escocesas e irlandesas, dejando a Inglaterra en la incertidumbre: ¿se replegarían los españoles o seguirían el asalto?
Un año después, Isabel I mandó desembarcar a sus propios barcos en puertos ingleses. Se debatía entre perseguir la flota española hasta derrotarla definitivamente, o bien contenerse, pues su armada estaba al borde del colapso. Fue entonces cuando Drake y John Norreys propusieron montar su propia expedición privada contra Felipe II. Buscaban financiación privada, ofrecían participar en las ganancias y contaban con el apoyo de Antonio de Portugal, el Prior de Crato, pretendiente al trono portugués.
La expedición contó con capital mixto: Corona inglesa, mercaderes, nobles, gremios… incluso la Unión de Utrecht aportó barcos y hombres. Hubo promesas de botines, concesiones, ambición territorial… todo condimentado con el fanatismo expansionista de la época.
Fallos estratégicos, errores tácticos
Pero bajo tanta ambición se escondían graves carencias. De los soldados reclutados, apenas un millar y medio eran veteranos; el resto, novatos sin disciplina ni entrenamiento suficiente. Además, los holandeses implicados incumplieron compromisos: no prestaron todos los barcos prometidos.
Otro desastre fue logístico: retrasos por mal tiempo, provisiones agotadas —tras esperar para zarpar habían consumido ya un tercio del aprovisionamiento— y una flota enorme, de 180 naves, que partió con la moral alta pero sin previsiones suficientes.
Drake, ambicioso y arriesgado, desvió parte de la expedición hacia La Coruña en lugar de dirigirla directamente al Cantábrico o atacar Lisboa tras reforzar su posición. Se esperaba que portugueses afines al Prior de Crato sumaran miles de hombres, pero sólo llegaron 300. Y el terreno: murallas altas, defensas inesperadas, impedimentos naturales. Cada paso en falso se pagaba caro.
El asalto y la resistencia
El 4 de mayo los ingleses desembarcaron cerca de La Coruña. Allí encontraron a Ferralbo defendiendo el puerto desde el castillo de San Antón con un galeón, dos galeras y unos 1.500 hombres. Resistieron como pudieron.
Al día siguiente las tropas inglesas se lanzaron al asalto de la ciudad amurallada: tomaron la parte baja, saquearon el barrio de la Pescadería dejando casi 500 muertos. Pero cuando intentaron avanzar hacia la zona alta, la muralla resistió. Se produjeron bombardeos, túneles de demolición, ataques desesperados… y se toparon con mujeres coruñesas heroicas, lideradas por Inés de Ben, María Mayor Fernández de la Cámara y especialmente María Pita, quien, enfurecida por la muerte de su esposo, tomó una pica y, seguida de otras mujeres, repelió a los ingleses.
Las pérdidas fueron abrumadoras: los ingleses sufrieron unas 4.000 bajas, con 1.300 muertos y siete barcos hundidos; los coruñeses perdieron aproximadamente 1.000 personas.
La huida, la derrota final
El rumor de refuerzos españoles convenció finalmente a Drake y Norreys de reembarcar. El 18 de mayo abandonaron La Coruña rumbo a Lisboa, sin haberse abastecido debidamente y acosados por desertores y episodios de indisciplina.
El asalto a Lisboa fue improvisado, mal coordinado. Contaban con 10.000 hombres, pero los apoyos portugueses brillaron por su ausencia. La ciudad, bien defendida y reforzada, resistió. Los españoles, desde tierra, desde sus galeras y con tácticas de guerrilla, les causaron enormes pérdidas. Hubo engaños nocturnos que hicieron creer a los ingleses que el ataque sería masivo, pero resultaron en emboscadas y caos.
Al final, de los 180 barcos que habían zarpado, sólo regresaron 102; de los miles de hombres que partieron, pocos se presentaron luego a cobrar. Drake fue sancionado, pero la Corte inglesa prefirió ocultar el desastre con propaganda, como era costumbre.
¿Una victoria olvidada?
La Contra Armada puede ser considerada, sin exagerar, la mayor victoria de España sobre Inglaterra en ese período. No se derrotó sólo una flota invasora: se desbarató un proyecto de dominio marítimo, se frustró una invasión, se preservó la integridad de territorios clave.
Y sin embargo, poco se habla hoy de aquella victoria. En Inglaterra, los cronistas protestantes minimizaron el atentado; en España, el orgullo quedó silenciado por fracasos posteriores, enfermedades y crisis internas que dominaron la memoria colectiva. El resultado: un hecho histórico de magnitudes épicas relegado al olvido.
Conclusión
La lección que deja la Contra Armada va más allá del episodio militar. Nos recuerda que la historia no la escriben solo los vencedores, sino quienes controlan la memoria; quienes eligen qué datos destacar y cuáles omitir.
Hoy, rescatar aquella gesta es reivindicar una parte de nuestra historia injustamente sepultada por la leyenda negra. Recuperarla no solo en cifras, sino en reconocimiento, orgullo y reflexión. Porque conocer el pasado es también armarse para el futuro.