Venezuela, Hispanidad y el difícil camino hacia una América unida
Desde Cataluña, desde España, desde esta revista comprometida con el asociacionismo hispánico, queremos expresar nuestra solidaridad con el pueblo venezolano y con su diáspora.
Venezolanos en Cataluña: esperanza y cautela
Los acontecimientos que estos días sacuden a Venezuela —marcados por la anunciada intervención de la administración Trump y la captura de Nicolás Maduro— han vuelto a colocar al país caribeño en el centro del tablero internacional. Más allá de la confusión informativa y de la prudencia que exige cualquier hecho aún en desarrollo, en Salir al Aire no podemos ni queremos mirar hacia otro lado. Venezuela no es un país lejano para nosotros: forma parte viva del tejido asociativo hispanoamericano que convive, crea y se expresa en Cataluña, y al que esta revista ha acompañado reiteradamente en sus actividades culturales y en sus legítimas reivindicaciones democráticas.
La comunidad venezolana en Cataluña —como tantas otras procedentes de América hispana— ha sufrido en primera persona las consecuencias de una crisis prolongada: el desarraigo, la separación familiar, la nostalgia de una tierra rica en recursos y en talento humano, pero empobrecida por la mala gobernanza y el autoritarismo. Cualquier atisbo de cambio político en Venezuela despierta, por tanto, alivio y esperanza. Pero también exige cautela. La historia reciente de Hispanoamérica nos ha enseñado que la caída de un dirigente no equivale automáticamente a la recuperación de la soberanía popular ni a la consolidación de una democracia justa y duradera.
La Hispanidad como identidad común
Desde la perspectiva que inspira a Salir al Aire, esta reflexión no puede desligarse de un concepto que consideramos central: la Hispanidad. No como consigna retórica ni como nostalgia imperial, sino como realidad histórica, cultural y humana. Iberoamérica —junto con Brasil y Portugal— comparte un sustrato común forjado durante siglos: las lenguas española y portuguesa, una tradición religiosa mayoritariamente cristiana, formas de vida, expresiones folclóricas, una manera de entender la sociabilidad y, por qué no decirlo, unas ganas de vivir muy reconocibles a ambos lados del Atlántico. España y Portugal, países europeos, fueron matriz de esa identidad compartida que hoy sigue latiendo en millones de personas.
Sin embargo, esa comunidad de destino fue fragmentada. Las independencias hispanoamericanas, aun comprensibles en su contexto histórico, no trajeron necesariamente la prosperidad ni la estabilidad prometidas. Al contrario, dieron lugar a una multitud de Estados pequeños, a menudo enfrentados entre sí, donde se acentuaron diferencias artificiales y se debilitó la capacidad de decisión colectiva. Una balcanización que benefició, ayer como hoy, a las grandes potencias interesadas en controlar territorios ricos en recursos naturales y estratégicos.
El poder de la unidad frente a las grandes potencias
No es casual que las tres grandes potencias del siglo XXI —Estados Unidos, Rusia y China— sean también los tres grandes países por extensión territorial, población y recursos. Resulta inevitable preguntarse qué papel jugaría hoy el conjunto de los países americanos de origen hispánico si actuaran de forma coordinada, con estructuras de gobernabilidad común y una visión compartida del interés general. Unidos, serían sin duda una potencia de primer orden; divididos, siguen siendo más vulnerables a injerencias externas, vengan estas envueltas en discursos ideológicos o en promesas de estabilidad económica.
Esta idea de unidad americana no es nueva. En la película Diarios de motocicleta (2004), se pone en boca de Ernesto “Che” Guevara un brindis que, más allá del personaje histórico, resume un sentimiento profundo y persistente: “Creemos que la división de América en nacionalidades inciertas e ilusorias es completamente ficticia. Constituimos una sola raza mestiza desde México hasta el estrecho de Magallanes. Así que, tratando de librarme de cualquier carga de provincialismo, brindo (por Perú) y por América unida” [Vídeo del brindis]. Es una frase que sigue interpelándonos, especialmente cuando vemos repetirse los mismos patrones de dependencia y fragmentación.
Vigilancia y solidaridad ante el futuro de Venezuela
En el caso venezolano, el momento actual obliga a mirar con realismo. La posible salida de Maduro del poder puede ser un paso necesario, pero no suficiente. Conviene recordar —y recomendamos vivamente la lectura del artículo de opinión de nuestro colaborador José Luis Alegre, Cuando cae un dictador y no lo podemos celebrar— que la geopolítica rara vez se mueve por altruismo. Como señala en su inicio: “La caída de Maduro es motivo de alivio y esperanza, pero no de celebración plena. Nada garantiza aún la recuperación democrática de Venezuela y todo indica que a Trump le mueven menos la defensa de las libertades que sus intereses económicos y estratégicos, en sintonía con Rusia y China”.
Desde Cataluña, desde España, desde esta revista comprometida con el asociacionismo hispánico, queremos expresar nuestra solidaridad con el pueblo venezolano y con su diáspora. Solidaridad no acrítica, sino consciente de que la verdadera emancipación pasa por más democracia, más integración regional y menos tutela externa. Tal vez haya llegado el momento de retomar, sin complejos, el debate sobre una Hispanidad del siglo XXI: plural, mestiza, democrática y capaz de pensar su futuro en común. Porque solo estrechando lazos —culturales, sociales y también políticos— podrá América hispana dejar de ser un tablero ajeno y convertirse en sujeto de su propia historia.