Cuando el dolor se convierte en arma política.
Cada 21 de septiembre el mundo celebra el Día Internacional de la Paz, una fecha que, en teoría, debería recordarnos la urgencia de desarmar los corazones y tender puentes allí donde la violencia arrasa vidas y futuros. Sin embargo, la realidad que nos rodea muestra un panorama muy distinto: la paz se invoca en los discursos oficiales, pero rara vez se defiende con la coherencia que exige.
Tomar partido por un bando es, en última instancia, estar a favor de la guerra.
Hoy es más necesario que nunca recordar una verdad incómoda: tomar partido por un bando es, en última instancia, estar a favor de la guerra. Y, sin embargo, ese es el terreno donde se sienten cómodos gobiernos, partidos políticos y medios de comunicación. La tragedia de las víctimas se convierte en munición electoral, en símbolo para ondear en mítines y titulares, en un cálculo frío para arañar un puñado de votos más.
En España lo hemos visto recientemente con el foco casi exclusivo en Gaza. Las imágenes del sufrimiento palestino se proyectan día tras día como denuncia política, mientras se guarda un silencio clamoroso sobre otras masacres que, por no encajar en la estrategia comunicativa, apenas existen en el relato oficial. Un ejemplo estremecedor: en Nigeria, sólo en los primeros doscientos días de 2025, han sido asesinados más de siete mil cristianos; desde 2009, la cifra asciende a 185.000 muertos. Una catástrofe humanitaria que no llena pancartas ni discursos porque no resulta rentable en términos electorales.
Algunas guerras se convierten en foco mediático por razones políticas; otras se condenan al olvido.
El doble rasero es aún más evidente cuando recordamos que hoy vivimos un repunte de violencia armada: 56 conflictos activos en el planeta, la mayoría de los cuales ni siquiera merecen la consideración de una tertulia televisiva. Algunas guerras se convierten en foco mediático por razones políticas; otras se condenan al olvido, aunque sus víctimas clamen con la misma intensidad
Ese doble rasero no construye paz: la instrumentaliza. El sufrimiento no debería competir por protagonismo mediático ni por utilidad política. Una vida perdida en Gaza duele tanto como una vida perdida en Nigeria, Ucrania, Sudán o Yemen. El dolor humano no conoce banderas, credos ni conveniencias partidistas.
El verdadero compromiso con la paz pasa por romper con esa lógica de bloques y silencios selectivos. Por nombrar todas las guerras, todas las víctimas, sin importar lo que convenga a una campaña o a una ideología. La paz exige justicia, sí, pero también exige honestidad. Y no hay honestidad posible cuando el dolor se mide en función del rédito electoral.
La paz no se construye con discursos a medias, ni con empatías parciales.
En este Día Mundial de la Paz, desde Salir al Aire levantamos la voz para recordar que la paz no se construye con discursos a medias, ni con empatías parciales. La paz sólo será real cuando nos atrevamos a mirar a todas las víctimas con la misma compasión y a exigir con la misma fuerza el fin de todas las guerras.
Y aunque el mundo parezca ensordecido por el ruido de los conflictos, no olvidemos que “no hay camino para la paz, la paz es el camino” (Mahatma Gandhi), y que a veces ese camino empieza con un gesto sencillo: “la paz comienza con una sonrisa” (Madre Teresa de Calcuta).