Vigencia, desafíos y renuncias

Constitución o fractura: un 6-D para despertar

Ante un país tensionado y unas instituciones que consienten su debilitamiento, el Día de la Constitución exige recuperar firmeza, exigir reformas y denunciar sin ambages la deslealtad que ha erosionado la convivencia.

Una celebración que no admite autocomplacencia

El próximo 6 de diciembre volveremos a conmemorar el Día de la Constitución, pero hacerlo como si nada hubiera pasado sería una irresponsabilidad histórica. España vive una etapa en la que aquel pacto que cimentó nuestra libertad y estabilidad se ha visto cercado por la polarización, por pactos tácticos y por una deriva que pone en riesgo la propia arquitectura constitucional. Celebrar la Constitución ya no basta: es imperativo defenderla, señalar sus amenazas y convocar a una ciudadanía que no puede seguir siendo espectadora pasiva del deterioro institucional.

La catedrática de Derecho Constitucional Teresa Freixes, una de las voces más claras frente a esta erosión, insiste en que el texto de 1978 necesita reformas que refuercen su capacidad defensiva. La lealtad constitucional no puede seguir siendo una expectativa moral: debe ser una exigencia jurídica explícita. Y el derecho de resistencia, lejos de ser un concepto abstracto, debería figurar como última garantía frente a ataques al orden democrático. No se trata de remiendos, sino de impedir que minorías intensas o gobiernos coyunturales pongan en jaque el sistema que garantiza nuestra libertad.


Un país sin centralidad política ni igualdad garantizada

Pero Freixes recuerda que afrontar estas reformas requiere algo hoy ausente: un gobierno de centralidad, dispuesto a anteponer el interés nacional a sus propios equilibrios parlamentarios. Sin esa vocación de Estado, cualquier intento de actualizar la Constitución quedará bloqueado por cálculos partidistas. Y es precisamente esa falta de grandeza política la que ha permitido que la deslealtad institucional campase a sus anchas durante años, debilitando las costuras de la convivencia.

Esa ausencia de centralidad ha dado alas a conceptos tan peligrosos como la “singularidad” de algunas comunidades autónomas. Un término ambiguo que, lejos de mejorar la convivencia territorial, ha servido para construir relatos victimistas y justificar privilegios políticos. Freixes, catalana, española y europea, lo ha denunciado sin titubeos: la igualdad entre ciudadanos no es negociable, y renunciar a ella en nombre de supuestas identidades diferenciadas no es pluralismo, sino una puerta abierta a la fractura.


La amnistía y los riesgos que socavan el Estado de derecho

El debate sobre la ley de amnistía encarna con precisión esta deriva. La Constitución nunca la contempló y, sin embargo, se ha usado como moneda de cambio para satisfacer exigencias políticas de quienes vulneraron la legalidad. Freixes advierte de sus riesgos: inseguridad jurídica, imprevisibilidad penal y un mensaje devastador para el Estado de derecho. ¿Qué ocurriría si los mismos delitos se repitieran? ¿Volveríamos a empezar desde cero? Ninguna democracia sólida puede permitirse semejante vacío.

Mientras tanto, España sigue sin articular mecanismos eficaces de cohesión institucional y lealtad interterritorial. La consecuencia es evidente en territorios como Cataluña, donde instituciones públicas que se beneficiaron del marco constitucional han actuado, durante años, no como garantes de ese pacto, sino como actores directos de su erosión. El resultado ha sido un distanciamiento profundo entre una parte de la ciudadanía y la nación española, distanciamiento que culminó en el proceso separatista.


La responsabilidad colectiva ante el desafío constitucional

Este 6 de diciembre no es solo una celebración: es un aviso. La Constitución no se sostiene sola. Requiere valentía política, lealtad de las instituciones y la implicación activa de la ciudadanía. No hay convivencia posible si se normaliza la deslealtad, si se aceptan privilegios territoriales o si se consiente que el Estado de derecho sea moneda de cambio.

Porque la Constitución no es una reliquia ni un símbolo hueco: es un pacto vivo que nos ha permitido construir libertad, igualdad y prosperidad. Defenderla con firmeza —y reformarla cuando sea necesario— es la única vía para garantizar que España siga siendo una comunidad política viable. En esa tarea, el asociacionismo catalán de inspiración hispánica tiene un papel irrenunciable: recordar que la pluralidad no debe ser excusa para la ruptura, sino razón para la unidad.


Salir al Aire y la defensa de una voz silenciada

Salir al Aire seguirá atento a cuanto ocurra en ese espacio cívico al que pertenecen quienes sostienen un legado cultural y un compromiso con España plenamente legítimos, pero demasiado a menudo silenciados por unas instituciones cuya actitud resulta incompatible con el espíritu constitucional. Su voz, sus actos y su perseverancia merecen ser escuchados, y desde esta revista continuaremos dándoles el lugar que la pluralidad real del país exige.


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